“Nadie como él defiende nuestra bandera”

Hace 105 años falleció quien, en opinión de Antonio Maceo era el más capaz y brillante militar mambí de nuestras guerras de independencia

(Tomado de Bohemia)

Por: PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

(02 de junio de 2010)

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La célebre fotografía del venezolano Gregorio
Casañas captada en el central Narcisa en octubre de 1898

Año 1895. El Ejército Libertador llegó a territorio cienfueguero por el camino de Barajagua. Los orientales y camagüeyanos contemplaban emocionados el paisaje, desconocido para ellos. Los villareños, locuaces y animosos, les señalaban diferentes puntos de la llanura. Atrás dejaban el monte abrupto, el telón majestuoso de la cordillera. Al frente, divisaban las torres de los ingenios y los inmensos cañaverales.

Se hizo un alto para descansar. Máximo Gómez orientó al general colombiano José Rogelio Castillo que contabilizara las municiones. “Solo se dispone de dos cartuchos por cada arma”, informó el internacionalista sudamericano. Antonio Maceo intervino en el diálogo y aseguró que a los cubanos les bastaba el machete para vencer. “Pues adelante, general”, precisó Gómez. “Si se avista al enemigo, un tiro y al machete”.

En la soleada mañana del 15 de diciembre, los laborantes (colaboradores de los mambises) le anunciaron al Generalísimo la cercana concentración de fuerzas españolas que pretendían interceptar al Ejército Libertador en su marcha invasora desde oriente hasta occidente. Tras incendiar los cañaverales, los cubanos enrumbaron hacia Mal Tiempo, en aquella época un pequeño caserío ubicado a cinco kilómetros al suroeste de Cruces.

Cuando la columna española chocó con la extrema vanguardia cubana, Gómez avanzó al frente de 250 jinetes. A una orden suya, el corneta tocó a degüello. Cuentan que delante de la tropa, blandiendo su machete, brioso y enardecido, quebró el más fuerte núcleo del cuadro defensivo peninsular y junto con los escuadrones que comandaba Serafín Sánchez, derribaron cuatro filas de soldados con bayonetas, mientras Antonio Maceo atacaba por el frente y flanco izquierdo.

El coronel e historiador mambí Manuel Piedra Martel, participante de aquel combate, escribiría: “Sonaba el golpe del machete… Los disparos eran muy pocos; ellos no tenían tiempo para cargar sus fusiles y a nosotros nos embargaba el uso de nuestra arma favorita”. Otro cronista mambí, el general José Miró Argenter, consignó: “Abren brecha los orientales y acuchillan sin piedad. No dura más tiempo el drama”. Los cuerpos de trescientos españoles quedaron en el campo de batalla.

Un hijo de Santo Domingo

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Grabado que publicara el periódico
El Correo de Ultramar en 1868,
posiblemente tomado de una foto
realizada en La Habana en 1867

Máximo Gómez Báez nació en Baní, República Dominicana, un 18 de noviembre, según la historia tradicional, en 1836, pero hasta donde sabemos no se ha encontrado documentación alguna que lo confirme. Falleció en La Habana el 17 de junio de 1905, tras lograr ver el cese de la dominación española en Cuba, empañada con los inicios de la República neocolonial.

Ante la amenaza de una invasión haitiana a su país, se enroló en el ejército dominicano y tuvo su bautismo de fuego en el combate de Santomé el 12 de diciembre de 1856. Tras la anexión de su patria a España (1861), pasó a ser capitán de las fuerzas ibéricas y luego lo ascendieron a comandante.

En 1865 fue destacado en Santiago de Cuba. Lo licenciaron en 1866 y se asentó en El Dátil, finca ubicada en la jurisdicción de Bayamo. Al ver la prepotencia y las arbitrariedades del colonialismo español, se solidarizó con los cubanos y empezó a conspirar con los independentistas.

El 16 de octubre de 1868 se incorporó a la insurrección iniciada por Carlos Manuel de Céspedes y recibió el grado de sargento. Dos días después el propio Céspedes le confirió el grado de mayor general y lo destinó a la tropa de Donato Mármol.

El 26 de octubre de 1868 (algunos historiadores aseguran que fue el 4 de noviembre de ese mismo año), dirigió en el combate de Pinos de Baire la primera carga al machete de nuestras guerras de independencia y demostró las potencialidades de esa arma en la lucha insurrecta contra el yugo peninsular.

Retrato del héroe

El general y cronista mambí José Miró Argenter solía describir a Máximo Gómez de buena estatura, trigueño, flaco, mirada viva y penetrante. Su historia militar, decía, “está tan estrechamente unida a los fastos gloriosos de la rebelión de Cuba, que bien pudiera decirse que él la escribió toda con su espada invicta”. El intelectual dominicano Francisco Henríquez y Carvajal, quien conoció de joven al luego Generalísimo mambí, lo recordaba “de apuesta figura, erecto, delgado, ágil y elegante. Tenía trigueña la faz, finos los labios, los ojos negros, sedoso el cabello”.

Sin embargo, en la memoria de casi todos los cubanos, Máximo Gómez permanece como el viejo general de cabellos y barbas blancas, copioso bigote, esbelto sobre su corcel, tal como aparece en la célebre fotografía del venezolano Gregorio Casañas captada en el central Narcisa, en octubre de 1898.

Organizador enérgico, lo calificó Martí, “de quien solo grandezas espero […] Donde está él, está lo sano del país, y lo que recuerda y lo que espera”. A lo que agregaba Maceo: “¿No es el más capaz de todos, y el que ahoga la ambición mezquina con su gloria y con su espada, más grande y más brillante que todos?”.

Según Miguel Varona Guerrero, quien apenas un adolescente combatió al lado de Gómez en la Guerra del 95, “si no siguió la peligrosa e impropia familiaridad, tampoco fue ajeno a la respetuosa cortesía y trato corriente, cuando circunstancias especiales lo permitieron, pues en determinados remansos de la lucha, agrupó varias veces a sus cercanos subalternos para disertaciones literarias, donde su conversación y actitud fue cordial y sencilla y, aún más, no exenta de jovialidad”.

Los cubanos lo llamaron de diversas formas: el chino, el viejo general… Pero la historia lo reconoce, para siempre, desde que Martí le designó en nombre del Partido Revolucionario Cubano, “encargado supremo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla”, como el Generalísimo.

“Partía como un rayo”

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Antonio Maceo siempre aconsejaba: “Vamos a
consultar al Viejo”

 

Fue el vencedor de mil batallas, el estratega brillante de las invasiones a Guantánamo (1871), Las Villas (1875) y Occidente (1895) y de la Campaña de La Reforma (1897), el táctico genial de La Sacra, Las Guásimas, Mal Tiempo…
Solían decir sus ayudantes y escoltas que en los combates, su voz sonaba imperativa y rápida, cuando lanzaba el grito de “¡Al machete!” y levantaba su brazo armado del alfanje “de ancha y curva hoja de fino acero” y “partía como un rayo, sin preocuparse de si lo seguían o no sus bravos hombres”.

Grover Flint, en su libro Marchando con Gómez, lo describía como “un hombrecito gris. La ropa no le ajusta bien y si uno lo ve en una fotografía, su figura podría parecer vieja y ordinaria. Pero tan pronto como pone sus agudos ojos en uno, golpean como un puñetazo. Uno percibe la resolución, la intrepidez y el conocimiento de los hombres que hay en esos ojos”.

Los españoles, que al inicio de las gestas independentistas le subestimaban, aprendieron a respetarlo con el tiempo. La realidad, la serie de derrotas consecutivas a manos del dominicano, les hicieron cambiar de opinión. Uno de sus rivales más talentosos, Arsenio Martínez Campos, artífice del Pacto del Zanjón, lo calificó como “el primer guerrillero de América”. Otro prestigioso militar ibérico, el general Armiñán, le llamó “el que más valía de nuestros enemigos”. Para el político Cánovas del Castillo, enemigo jurado de la independencia cubana, era “el mejor general de ambos bandos”.

Tres anécdotas

Rápido y resuelto en la acción, Gómez no se amedrentaba ante las dificultades. Cuentan que una vez, en la Guerra del 68, planteó a sus oficiales atacar una fortaleza española. Uno de aquellos, mambí valiente pero respondón, le puso reparos: “General, con tres tiros por hombre, no se lleva nadie al matadero”. El dominicano no replicó. Ordenó formar a la tropa y repartió solo dos cartuchos por soldado. Al frente de sus hombres, se lanzó contra el enemigo. Y tomó el fortín.

Tal vez la anécdota más típica de Gómez sea la que sucedió en el cruce de la Trocha de Júcaro a Morón en 1875, cuando iniciaba la Invasión a Las Villas. Una bala le atravesó la garganta y lejos de pensar en el dolor, en el peligro de morir, le preguntó al médico si tenía tiempo de explicarle el plan militar a su segundo al mando.

Como a Maceo, le disgustaba oír malas palabras. Dicen que en determinada ocasión durante la Guerra del 95, estaba el general Eugenio Molinet cerca de su tienda y al calor de una jocosa conversación, dejó escapar algunos vocablos soeces. El Generalísimo abandonó su descanso y se dirigió al grupo. “¿Fue usted quien usó expresiones fuertes?”, le dijo a Molinet. “Si, general, se me escaparon al hacer determinado cuento”. Gómez lo interrumpió: “No me interesa el cuento, sino que tales expresiones fuertes, que yo no uso, lastiman el oído del que las oye”.

Su mejor discípulo

Antonio Maceo siempre se reconoció como discípulo de Gómez. Nunca se interpuso entre ambos la envidia ni los celos. Al dominicano muchas veces le oyeron decir en los combates: “Dejemos que se luzca Maceo”. El Titán, por su parte, siempre aconsejaba: “Vamos a consultar al Viejo”.

Después que culminara la Invasión a Occidente, en 1896, estos dos extraordinarios hombres se reunieron por última vez en la finca El Galeón, en la hoy provincia de La Habana. Allí prepararon los planes de contracampaña para neutralizar la ofensiva del general español Valeriano Weyler.

Gómez y Maceo acordaron que el primero partiera hacia el oriente de la Isla mientras el Titán retornaría a tierras pinareñas. En el momento del adiós, hubo emoción en la tropa, aunque nadie fue capaz de predecir que aquel sería el último abrazo entre los dos grandes mambises.

En el minuto postrero, con el pie en el estribo, Maceo hizo una recomendación al general Bernabé Boza, ayudante de Gómez: “Cuide bien al Viejo. Nadie como él defiende nuestra bandera”.

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Fuentes consultadas
Los libros Mi diario de la guerra, de Bernabé Boza; Crónicas de la guerra, de José Miró Argenter; Mis primeros treinta años, de Manuel Piedra Martel; Con Maceo en la invasión, de José Llorens; y Máximo Gómez Báez, sus campañas militares, del Centro de Estudios Militares de las FAR. La compilación Máximo Gómez en la independencia patria. El texto periodístico Combate de Mal Tiempo, de Pedro A. García (Granma, 16 de diciembre de 2000)

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