Del nacimiento a la juventud

Fuente: Rafael Acosta de Arriba. Biobliografía de Carlos Manuel de Céspedes. Editorial José Martí, La Habana, 1994, pp. 19-26.

ENCICLOPEDIA CARLOS MANUEL DE CÉSPEDES
Casa Natal de Carlos Manuel de Céspedes
Bayamo, Cuba

LOS PRIMEROS AÑOS.

«Yo conozco el placer de la tristeza».

Carlos Manuel de Céspedes.
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Carlos Manuel de Céspedes
Bolívar recién había pronunciado su famoso discurso en el Congreso de Angostura: «Vosotros sabéis que no se puede ser libre y esclavo a la vez...», acto seguido irrumpió al frente del ejército libertador en los llanos de Casanare. Al decir de Waldo Frank se asistía al nacimiento de un mundo, que como lava volcánica, brotaba ardiente y caótico estableciendo una ruptura total con la secular dominación española en América.

Casi al mismo tiempo, un poco más al norte en la Geografía iberoamericana, en la mayor de las Antillas, isla esbelta y esclava, nacía un niño que con el tiempo desempeñarían papel protagónico en el golpe de muerte la sojuzgación de dicho imperio de este lado del planeta.

El domingo 18 de abril de 1819, en la villa de San Salvador de Bayamo, doña Francisca de Borja López y Ramírez de Aguilar daba a luz al primogénito de su matrimonio con Don Jesús María de Céspedes y Luque. Al pequeño se le pone por nombre Carlos Manuel Perfecto del Carmen Céspedes y del Castillo. Nacido en hogar de abolengo, típico de los adinerados terratenientes del Valle del Cauto, amasadores de una suficiente fortuna, el niño es criado con todos los beneficios y comodidades propios de su alcurnia.

Los abuelos maternos eran propietarios de grandes estancias de ganado, ingenios de elaborar azúcar y fincas urbanas en Bayamo y Manzanillo los abuelos paternos, a su vez, eran descendientes de ricos hidalgos que unían al linaje del apellido cuantiosas propiedades de diversa índole. El apellido Céspedes pertenecía desde varias generaciones a acaudaladas familias que provenientes de Andalucía habían sentado sus reales en la prometedora colonia a mediados del siglo XVII.

Bayamo se había convertido en los siglos XVII y XVIII en una villa próspera en la que el contrabando y el comercio ilícito con corsarios y traficantes se convirtió en una actividad practicada virtualmente por casi todos sus vecinos. El tráfico ilegal unido a la feracidad de las tierras del Valle del Cauto, su añeja tradición ganadera -con extraordinarios ejemplares bovinos- y la laboriosidad de los varones jefes de los distintos clanes familiares, fueron factores principales en su acelerado desarrollo económico y social.

Ciudad de típica arquitectura colonial, con residencias espaciosas y elegantes, rodeadas de frescas galerías, patios con fuentes y jardines, había alcanzado a fines del XVIII su mayor esplendor.

A los pocos años de nacido el niño, se trasladan los Céspedes a una finca campestre de la familia; en ella se desarrolla su infancia. Para la mayor parte de los biógrafos este cambio fue consecuencia de un ataque de corsario a Manzanillo que repercutió en las familias bayamesas ricas, trasladadas por un tiempo a sus haciendas montunas para poner ere a buen recaudo. En cambio para José Maceo Verdecía, el historiador bayamés por antonomasia, el establecimiento en la finca del padre de Céspedes se debió a la necesidad de recuperar su disminuida fortuna, De cualquier forma, los cinco primeros años de vida del niño se desarrollaron en plena naturaleza, mimado y atendido por una negra esclava. Esta le servía de aya y alimentaba su imaginación con la inagotable tradición oral de la región, repleta de cuentos y leyendas de güijes (jigues en Oriente), madres de agua, lagunas habitadas por babujales y torres misteriosas.

De regreso a Bayamo hace sus primeras letras en una escuelita atendida por una mujer casi anciana. Leer, escribir y el catecismo fueron los frutos de aquella enseñanza inicial. Luego pasó a otra escuela de primeras letras y de esta, en 1829, con diez años de edad, al convento de San Domingo; en él estudia Latinidad y Filosofa.

También, durante otros dos años, estudia Gramática Latina en el convento de San Francisco, de la propia ciudad. Según consta en su expediente universitario fueron muy altas las calificaciones de estos primeros estudios. Como todo hijo de buena familia se traslada a La Habana a realizar los estudios superiores. Durante tres años el joven se dedica por entero a dominar las diferentes asignaturas, camina la ciudad amurallada y disfruta de algunos placeres nocturnos. En el colegio de San Carlos y San Ambrosio, donde años atrás han dictado sus luminosas conferencias el presbítero Félix Varela y el erudito bayamés José Antonio Saco, Céspedes perfecciona entre otras disciplinas, el conocimiento del latín a la vez que se ejercita físicamente en los deportes.

Son los años del férreo gobierno de don Miguel Tacón y Rosique, quien estableció una fuerte censura política y destierros -Saco el primero, como era natural-, a la par que emprendió una feroz lucha contra la delincuencia, los garitos y el juego. A su empeño se debió también una notable proliferación de obras civiles y arquitectónicas que engalanaron a la ciudad arremolinada a la orilla de la bahía.

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Miguel Tacón
El severo Capitán General pretendía evitar, al menos en lo político, que el reflejo de la obra bolivariana llegara a la fidelísima colonia. En ese propósito hizo todo lo que pudo para desmontar el aparato institucional cuidadosamente preparado por la sacarocracia para su autogobierno.

Suprimió los periódicos liberales, anuló todo vestigio de progreso en los centros de educación y sociedades culturales, reprimió, en fin, cualquier brote de desarrollo intelectual que le pareciera sospechoso. Las leyes se convirtieron en el patrimonio de su voluntad personal, omnímoda y totalitaria y sus obras civiles llevaban el inequívoco cuño: Teatro Tacón, Paseo Tacón, Mercado Tacón, entre otras.

Los estudios de Céspedes concluyeron en 1838. Es significativo que los terminó mediante la modalidad «a claustro pleno», es decir, acortó la duración del bachillerato y se sometió al rigor de un gran número de prestigiosos examinadores. La forma escogida por él era la más difícil y la más costosa, al exigirle al aspirante el abono de elevados honorarios a cada uno de los catedráticos examinadores y numerosos regalos a cuantos intervenían en el mismo. El de marzo de ese año Céspedes vencía brillantemente sus exámenes y obtenía su título de bachiller en Derecho Civil. Pero con dicho título en mano, grado menor del Derecho en la época, no podía ejercerse la abogacía en Cuba. Era menester obtener la licenciatura y, mejor aún, la borla doctoral. Estas serán sus próximas metas docentes.

Regresa a Bayamo y al siguiente año, el mismo día en que cumple los veinte, contrae matrimonio con su prima (por partida doble) María del Carmen Céspedes. Diez meses después nace el primer hijo, que nombró igual que al padre. En el mes de julio de ese mismo año parte Céspedes para España y utiliza como punto de desembarque en el viejo continente el añejo puerto de Le Havre, en Francia. Sigue rumbo a Barcelona y se matricula en la universidad de Cervera, al permanecer cerrada la alta casa de estadios de la ciudad condal. La estancia del joven estudiante en la agitada y turbulenta Cataluña es decisiva para su futura vida política. En esta ocasión no son únicamente los deberes docentes los que consumen toda la atención de Céspedes. A la par que cursa los estudios se involucra en las luchas partidarias españolas y se impregna del indomable sentimiento de los catalanes resistidos cono violencia a la dependencia de Castilla.

Es su debut en la política y lo hace en grande. Concluidas las guerras carlistas se configuran las diferencias entre la regente María Cristina y el general Espartero. Céspedes apoya el bando que sostiene a la regente. Conoce a Juan Prim y Prats, un joven y ambicioso militar que dará mucho que hacer en la escena española en las próximas dos décadas. Se entabla una amistad entre ellos duradera por muchos años. Céspedes se incorpora a las milicias civiles y participa en diversos encuentros de choque. Alcanza la jerarquía de capitán de estas fuerzas y según versos de aliento autobiográfico escritos diez años después, su participación fue activa y totalmente comprometida.

En algunos de los trabajos escritos sobre esta etapa de la vida de Céspedes se habla de un folleto publicado en 1841, en Madrid, en defensa de su patria -documento no encontrado aún- y de un duelo a pistola con un oficial español por ofensas a Cuba. Son datos sin precisión documental, pero que muy bien pudieron haber ocurrido dadas las características del temperamento de Céspedes, en este aspecto me detendré más adelante.

EUROPA, LA REVELACIÓN.

Concluidos sus estudios de Derecho y con el título de Abogado del Reino, como se le decía entonces, Céspedes recorre diversos países europeos, Turquía y algunas regiones del imperio de los zares rusos.

Para algunos historiadores este periplo euroasiático se produjo en el medio año entre su graduación y su regreso a Cuba en 1842, del cual hay constancia en el registro de la Guía de Forasteros de ese año, para otros estudiosos, es imposible un viaje tan extenso realizado en tan breve tiempo dados los recursos de transporte de la época y piensan en un retorno de Céspedes al viejo continente con toda calma, entre 1843 y 1844. Lo cierto es que, en una u otra fecha, visitó Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, Turquía y regiones costeras del Mar Negro. De este itinerario quedan escasos testimonios; pero se supone que el joven haya devorado con su atenta mirada y su curiosidad intelectual todo lo que desfiló ante sí, sometiéndolo, seguramente, a comparación con la lamentable sociedad colonial de su país.

La Francia de las grandes y sonadas acciones de Luis Augusto Blanqui, de las ideas socialistas, anarquistas y románticas de Luis Blanc, Flora Tristán, y Lammenaís; la Alemania de las ideas socialistas utópicas y la cohesión de los grupos obreros; la Inglaterra de la era victoriana, la gran industria y el libre cambio, donde el movimiento cartista cobraba fuerza al aprovechar la coyuntura de la sostenida depresión industrial; la Italia conmovida por la acción de la Joven Italia de Mazzini, que había unificado las sociedades secretas del carbonarismo y a cuyas catacumbas Céspedes descendió para ver con sus propios ojos la forma de actuar de los revolucionarios italianos; la infeliz situación del raya (campesino turco) en Constantinopla, ciudad azotada por turbulencias religiosas y violentas diferencias de clase; y por último, las costas del Mar Negro absorbidas por el imperio zarista ruso, situación que le mereció a Céspedes el verso: «El remedo del romano imperio dado al bárbaro norte en cautiverio». En fin, una Europa convulsa en la que el desmoronamiento del edificio de la Santa Alianza ante las acometidas liberales y de otros signos más radicales, era el rasgo político distintivo. A Céspedes no pudieron escapársele tan fuertes contrastes: de un lado, una colonia con un retrógrado sistema de plantaciones en la que todas las libertades estaban reprimidas y ahogadas. Del otro, el ejercicio de la constitución, el parlamentarismo, los partidos políticos, las asociaciones de obreros, la ley, la pluralidad y la difusión de las ideas.

A su regreso, el bayamés ya no es el mismo joven ingenuo y virginal en materia de política que partió en busca de su título de abogado.

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