La objetividad y riguroso apego a la verdad con que profesores deben emplear documentos y otras fuentes del conocimiento histórico es probablemente una de las primeras conclusiones a las que debe llegarse al leer el trabajo del investigador y autor cubano Rolando Rodríguez, que presentamos de forma parcial a continuación, dada su extensión .

Rolando_GarciaDurante muchos años profesores de Historia de Cuba utilizaban el documento compilado por la Dra. Hortensia Pichardo en el Tomo I de su valiosísima obra “Documentos para la Historia de Cuba”, bajo el título: “Una temprana incitación imperialista al genocidio del pueblo cubano”, para argumentar la actitud hostil de los círculos de poder norteamericanos hacia nuestro pueblo, a pesar de que la autora en su acostumbrado comentario inicial al documento dejara constancia de que su fuente, el general del Ejército Libertador Enrique Collazo, expresaba dudas con respecto a su credibilidad.

Rolando Rodríguez, autor entre otras obras de: "Cuba: la forja de una nación", "Las máscaras y las sombras" y "República de corcho", con su acostumbrada minuciosidad y ágil e inteligente estilo narrativo, nos ofrece una sólida argumentación del carácter apócrifo de la carta a la vez que aporta sutilmente las herramientas necesarias para no caer en el error de emplear fuentes inexactas o no fidedignas en la clase de historia.

Un documento apócrifo: El memorándum Breackreazon, titulado también de Breckinridge

(Puede ser consultado integramente en el siguiente enlace: http://www.revistacaliban.cu/articulo.php?numero=2&article_id=20)

Durante más de una centuria, un documento ha levantado polvaredas sobre su autenticidad. Se trata de la supuesta carta o memorándum con instrucciones que debió dirigir según unas versiones el Secretario Asistente, o según otras el Subsecretario de la Secretaría de la Guerra de Estados Unidos, J. M Breackreazon, J. M. Breacseason, J. M. Breackseason, J. M. Breackreazón, J. C. Breekenridge, J. G. Brekenridge o J. C. Breckinridge, pues de todas estas formas ha aparecido y todavía otras más, a un teniente general J. S. Miles, sedicente jefe del ejército, para cursarle órdenes sobre la campaña que debía seguir en Cuba.
¿Por qué esta comunicación, a pesar de tantos puntos nebulosos, ha navegado con tanta fortuna y no pocos la han considerado auténtica, al punto de que mucha prensa y muy rigurosos historiadores la han reproducido en todo o en parte, a pesar de elementos bastante sólidos, que descreditan su fidelidad? Se sabe que durante los primeros años del siglo XX la reprodujeron El Eco, de Holguín, y el Listín Diario, de Santo Domingo, ambos en 1908, Repertorio del Diario del Salvador, en 1911, El Día, de Valparaiso, al año siguiente, y La Independencia, de Santiago de Cuba, en 1913. También la tomaron en cuenta Emilio Roig de Leuchsenring, quien la publicó en 1912 dentro del trabajo Acotaciones Jurídicas. Los Estados Unidos y América Latina, en la Revista Jurídica,[1] tomada a su vez de un trabajo del escritor nicaragüense Alejandro Bermúdez, publicado por El Foro, de San José de Costa Rica y también Enrique Collazo, en su libro La guerra de Cuba.[2] Aunque debe anotarse que ya este protagonista de nuestras guerras de independencia mostraba no tenerlas todas consigo en cuanto a su autenticidad por su índole y condiciones, así como por no haber visto el original.
Consideramos que ha habido una gran razón para tantas reproducciones, la conducta seguida por Estados Unidos en el caso de Cuba desde el siglo XIX y sus intentos anexionistas; también, su expansionismo e intervencionismo en la cuenca del Caribe a partir de entonces y, en no poca medida, su desmandada política injerencista en toda América Latina. Todo esto hizo que el documento ganara visos de verosimilitud y, sobre todo, que hubiese muchas ganas de que fuera cierto para tener la prueba confesa e incontrastable de la perversión imperialista.
Mas, nada de esto permite convertir el documento en auténtico, y se puede afirmar que posiblemente fue elaborado entre fines de 1897 y mediados de 1898 por los amigos de España, enemigos de la independencia de la isla, dispuestos a mantener el dominio de la metrópoli y el régimen colonial. En definitiva, para creer en la esencia malévola que ha supuesto la política de Estados Unidos respecto a Cuba, esta carta no resulta necesaria. El expansionismo de la potencia del Norte y, después, su imperialismo se ha sobrado en los intentos más despiadados de someter la isla. A pesar de ellos, los cubanos hemos tenido suficiente valor y gallardía, para librarnos de las torpes operaciones con que a veces venían a cumplirse los designios onerosos que se expresaban en el tan asendereado documento.

Veamos las razones que nos mueven a considerarlo apócrifo:
· En 1934, en un artículo en la revista American HistoricalReview, Thomas M. Spaulding, ya señalaba que la carta reproducida por Horatio Rubens, en 1932, en su libro Libertad; Cuba y su apóstol,[3] cuya fuente no cita, la dirigía a J. C. Brekenridge con k seguido de e (en la versión española de la obra de Rubens aparece como J. G.), al general J. S. Miles. Pero sucedía que J. C. Breckinridge (con ck e i latina después) era Inspector General del Ejército de Estados Unidos y no Subsecretario o Secretario Asistente de la Guerra. Ambas precisiones pueden verse en el libro del Secretario de la Guerra, Russell A. Alger, TheSpanih-americanWar.[4] El Subsecretario entonces era George D. Meiklejohn. Spaulding, que confirma el cargo de Breckinridge, aducía con toda lógica que, dada su condición de Inspector General del ejército, Breckinridge resultaba el segundo en la línea de mando de la institución castrense, por lo que se daría el contrasentido de que el subordinado le diera órdenes a su jefe. Otra razón más, expuesta por Spaulding, resultaba que en la carta se le daba a Miles el rango de teniente general, cuando en ese momento este era de mayor general. El título de teniente general solo lo alcanzaría en 1900.[5] Otra cuestión equivocada, que por cierto merece precisión, es que la iniciales que se le colocan a Miles son J. S., cuando las del mayor general eran N. A., de Nelson A. En la versión de Rubens, la carta se fecha 24 de diciembre de 1897.
· Esta carta la había reproducido 32 años antes Severo Gómez Núñez, en el tercer tomo de su obra La Guerra Hispano-Americana,[6] impresa en Madrid en 1900. Expresa genéricamente que fue publicada en Alemania y la versión que incluye en la obra la tomó del diario La Lucha de La Habana, pero no establece la fecha del periódico. Curiosamente se pueden anotar varias anomalías: esta carta no está rubricada por ningún Breckinrige o Breckenridge, sino por J. M. Breackreazon, y sigue con la abreviatura Asst. Sig (ojo con la errónea abreviatura Sig) y está dirigida al teniente general J. S. Miles. Es decir, no solo la firma otro personaje sino que anota erróneamente el rango militar y, por igual, emplea unas iniciales que no son del jefe del ejército de Estados Unidos. Para más, en la transcripción, al anotar la fecha de la carta, omite el mes en que se redactó pues en el cabezal solo aparece 24 de 1897. Al final de la carta, Gómez Núñez coloca el siguiente comentario: Desenmascarada la política de los Estados Unidos, excusemos comentarios y preguntemos ¿Europa consentirá este crimen? y la firma un tal Doctor Johann Schullez. Con otra tipografía diferente añade, como si ya el comentario fuese del autor: ¡Lo consintió!”. Debe hacerse notar que si bien Gómez Núñez cita como fuente el diario La Lucha, el historiador cubano Gustavo Placer en su trabajo Reflexiones sobre un documento controvertido,[7] expone que en una revisión efectuada en el Instituto de Historia de Cuba, en las colecciones de ese periódico de 1898, 1899 y 1900 no aparece la carta. Otro elemento más de misterio sobre este documento controvertido. Por cierto, en una búsqueda en Internet de algún personaje notable llamado Johann Schullez no aparece ninguno; sí Johann Schulze, pero en número de unos 50 000.
· Esta carta fue nuevamente reproducida cinco años después; es decir, en 1905, por el historiador español Juan Ortega y Rubio, en su obra Historia de la regencia de María Cristina de Habsbourg-Lorena, y señala que esta apareció en el AllgmeineZeit (AllmeigneZeit o Zeitung, quiere decir diario general), de Berlín, del 22 de abril de 1898.[8] Ortega y Rubio si bien no dice taxativamente que la tomara de tal diario, permite se deduzca que fue de allí de donde la copió. Respecto a Gómez Núñez se pueden anotar casi las mismas anomalías: la carta está firmada por J. M. Breackreazón (pero esta vez le coloca una tilde al final del apellido, signo ortográfico que en inglés no hay), transcribe la abreviatura como Asst. Siy.( no Sig, pero Siy tampoco dice nada en inglés) y de nuevo la carta está dirigida al teniente general J. S. Miles. Una vez más, en la transcripción, al anotar la fecha de la carta, se omite el mes en que se redactó pues solo aparece 24 de 1897. La gran diferencia que aparece en la versión de Ortega y Rubio respecto a la de Gómez Núñez, es que no aparece el comentario del tal Dr. Johann Schullez.
· En estas condiciones mediante la embajada de Cuba en Alemania solicité la búsqueda de la carta en el tal AllgmeineZeit. Debía verificar si no guardaba los mismos errores de Gómez Núñez y Ortega y Rubio. Pero, si por el contrario, se encontraba que estaba dirigida por el Secretario asistente J. M. Breakcreazon (con o sin tilde) al teniente general J. S. Miles (no a N. A. Miles) y tampoco aparecía el mes, solo 24 de 1897, todo llevaría a pensar que el documento se trataba de una falsificación alemana, ya que esa versión resultaría la original, base de todas las demás, y en su elaboración se habrían cometido severos errores. La razón de este montaje estaría en los deseos del káiser Guillermo II de ayudar a España a conjurar el peligro de guerra con Estados Unidos a cuenta de Cuba, y procurarle el apoyo de Europa. Después de todo Alemania estaba interesada en colocar a Estados Unidos en mala posición, pues ya estaba claro tanto de parte de una y otra potencia que la rivalidad entre ambos terminaría más tarde o más temprano en un conflicto bélico. La confrontación en Samoa, lo había evidenciado. Además, la marina alemana ansiaba una base en el Caribe y con ese fin trataba de adquirir una en la bahía de Samaná en Santo Domingo. Pero la joven potencia se oponía y esgrimía para esto la doctrina Monroe. El país teutónico consideraba esa doctrina una insolencia y un acto prepotente de Estados Unidos. Uno de los sostenedores de esta tesis resultaba, nada menos, que el príncipe Bismarck, cuya palabra desde su retiro en Friederichruhe, su hacienda de la Prusia oriental, se estimaba como la del oráculo de los nibelungos. En efecto, solo unos días después de que en 1897 el representante de Estados Unidos en Berlín explorara ante la cancillería la actitud alemana ante la posible anexión de Cuba en caso de guerra con España, en demostración de que el asunto estaba en el candelero, el viejo Canciller de Hierro haría declaraciones en la prensa en torno a la doctrina Monroe y, luego de mostrar su desdén por ella, diría que los estadounidenses creían que sus riquezas les daban derecho de gran potencia, y a despreciar la independencia de otros Estados americanos o europeos.[9]
La embajada cubana se dirigió al Instituto Iberoamericano del Patrimonio Cultural Prusiano y pidió la investigación sobre el tal AllgmeineZeit. Este recibió respuesta en nombre de la Biblioteca del Estado, de Berlín. En nombre de esta y del Instituto respondió el director de su biblioteca, Peter Alterkrüger: Lamentablemente entre los títulos existentes que más se le asemejan [AllgmeineZeit] no se pudo encontrar el artículo. Es poco probable que un artículo tan largo haya sido impreso en un diario de aquella época. Posiblemente se trataba de una revista, pero no se pudo encontrar ningún artículo que se correspondiese a su descripción bibliográfica ó alguno semejante. Debe notarse que no puede tratarse de una revista, pues Zeitung quiere decir en alemán, diario, periódico. Por tanto, casi puede afirmarse que nunca hubo en Alemania tal periódico y que no fue allí donde se originó la tan manoseada carta.
· Ahora bien, decidí entonces seguir otra pista. Según Ortega y Rubio esta carta fue reproducida por El Fénix, de Sancti Spíritus, Cuba, órgano del Partido Autonomista de la localidad. En efecto, el memorándum aparece en dicho diario del 20 de julio de 1898; es decir, dado los resultados de la investigación en Alemania, la fecha más temprana en que hasta ahora ha aparecido. En El Fénix se dice, nada menos, que reproduce la carta aparecida en la fecha de 24 de 1897 en el AllgmeineZeit, de Berlín.[10] Resulta altamente sospechoso que este documento de tanta importancia para la causa española, apareciera en una publicación de una población del interior de la isla y no fuera reproducida por el Diario de la Marina o Unión Constitucional, de La Habana, o hasta donde casi sabemos, tampoco en algún diario de Madrid. A tal punto es una rareza tal omisión, que el diario espirituano se sintió necesitado de explicar que el documento había llegado a sus manos por una serie de casualidades.[11] Resulta, por otra parte, altamente curioso que en la reproducción de Ortega y Rubio se sigan casi los mismos errores que en la transcripción del El Fénix: aparece dirigida por J. M. Breakcreazon (aunque sin tilde), al teniente general J. S. Miles (no al mayor general N. A. Miles) y tampoco aparece el mes, solo 24 de 1897. Esta vez, en cambio, aparece correctamente la abrevituaraSry, para referirse a Secretary y, como la versión de El Fénix, dada la respuesta alemana, es la primera hasta ahora conocida en el tiempo, esto lleva a pensar que Ortega y Rubio la tomó de aquí con erratas. Es decir, El Fénix tiene casi exactamente la misma información de Ortega y Rubio y prácticamente los mismos deslices. Eso sí, hay un elemento curioso: en la carta del periódico espirituano aparece el párrafo que firma el tal Doctor Johann Schullez. Todo un llamado a que Europa respalde a España. Este no aparece en el libro español.
· El 15 de mayo de 1913 el Secretario Asistente de Estado, de Washington, acusaba recibo, a la Legación de Estados Unidos en La Habana, de un recorte de La Independencia, de Santiago de Cuba, y comunicaba a su representante que consultada la Secretaría de la Guerra esta aseguraba que no debía dársele mayor consideración al asunto y seguía informándole que dicha Secretaría ya le había respondido a la Secretaría de Estado, el 23 de noviembre de 1908 y el 11 de agosto de 1911, y le había advertido que no existía en los archivos del Secretario Asistente o en la Secretaría misma la alegada instrucción y que esta no tenía autenticidad.[12]
enrique-collazo-tejada· En 1926 apareció La guerra en Cuba, el libro póstumo de Enrique Collazo, quien lo había escrito en 1912. En esta versión de la carta ya aparecen muy notables cambios, respecto a El Fénix, Severo Gómez Núñez y Ortega y Rubio: se incluye en la fecha de la data el mes de diciembre y el firmante es ya J. C. Breckinridge (no Breckenridge). También, aunque se mantiente el rango erróneo de teniente general para Miles, cambia sus iniciales y aparece N. A. Miles. Entre otros cambios se advierte la supresión de párrafos, porque alguien pudo haber creído conveniente junto con el acercamiento a cierta veracidad mediante el cambio de nombres, eliminar instrucciones sobre hechos que no sucedieron o eliminar el término confederación, al referirse a Estados Unidos en uno de sus párrafos, término que jamás una autoridad de Estados Unidos, después de la Guerra Civil, hubiese utilizado para referirse a la que en todo caso llamaban Unión. Confederación resultaba una verdadera herejía, pues este había sido el título del rebelde estado sudista. Collazo dice que no tuvo el original a la vista, ¿de dónde entonces la tomó?
· Puedo decir que en 1994 revisé los Archivos Nacionales, de Washington, tanto la rama de la Secretaría de la Guerra como la Secretaría de Estado, hasta 1933, y no encontré copia de este documento. Se puede alegar que fue destruido o no ha sido puesto a conocimiento público, pero he encontrado muchos documentos que merecían haber sido ocultados y allí estaban.
· Para más, el conocido y respetado historiador estadounidense, Philip Foner, quien trabajó duramente y durante largos años en los Archivos Nacionales de Estados Unidos, aceptó según muestra en su libro La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui, el carácter dudoso del documento.[13]
· Se dice, como un argumento de peso, que Breckenridge pudo haber escrito el memorándum, porque en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos donde están depositados decenas de pies de documentos de su familia, los de este personaje demuestran que resultaba un conservador imperialista, capaz de redactar tales instrucciones. El único problema es que el famoso texto aparece en su versión más antigua conocida, como escrito por J. M. Breackreazon. Además, en todo caso, el apellido sería Breckinridge, como ya hemos visto.
· De todas formas el argumento que me produce más convencimiento de su inautenticidad, es que la carta está fuera de contexto. Mariano Aramburo, alabado como literato y lingüista, presidente de la Academia Cubana de la Lengua, miembro de la Academia de Artes y Letras, y de quien se dice que es voz autorizada a tener en cuenta cuando asegura que la factura y estilo [del documento] no dejan lugar a dudas acerca de su autenticidad podría haber sabido mucho de literatura, pero como se verá muy poco de historia. Además, para quienes toman como buenas sus palabras, es necesario que recuerden su antigua afiliación autonomista a quien le convenía creer en la veracidad del escrito. Hagamos un análisis de textos y contextos en relación con el documento. Con ese fin partiremos del texto de El Fénix, por ser el más antiguo conocido y porque después de 1912 ya fueron omitidos párrafos.
Dice: Esta Secretaría de acuerdo con la de Negocios exteriores y la de la Marina, se cree obligada á completar las instrucciones que sobre la parte de organización militar de la próxima campaña en las Antillas le tiene dadas...
Suponiendo que la carta fuera del 24 de diciembre de 1897, pues recuérdese que en las versiones de 1898, 1900 y 1905, no aparece anotado mes alguno:
· El texto habla de una Secretaría de Negocios exteriores, y desde la fundación de Estados Unidos esta fue Secretaría de Estado o Departamento de Estado. Hubiera resultado más fácil traducir Secretaría de Estado o Departamento que esa Secretaría de Negocios exteriores.
Arthur_L_Wagner· En la fecha la Secretaría de la Guerra no había dado instrucciones de formar planes de campaña en las Antillas. Una muestra palpable del estado inicial de los preparativos para una intervención en Cuba estriba en un memorándum del asistente del ayudante general del ejército de ese país, del 28 de diciembre de 1897. En este, el coronel Arthur L. Wagner pedía autorización para enviar a Cuba dos oficiales de la División de Inteligencia Militar para conocer la situación de las fuerzas enemigas, pues, si bien decía que no se habían escatimado esfuerzos para conocer su fuerza numérica y de combate, había cuestiones relativas a su estado de ánimo y eficiencia que solo podían precisarse mediante el análisis de miembros de su instituto armado.[14] Este documento revela que todavía el ejército de Estados Unidos necesitaba establecer muchos particulares sobre el probable campo de operaciones en Cuba, por lo cual no puede hablarse de que solo se necesitaba completar instrucciones.

(...)

Conclusiones:

Todo evidencia que el original de este documento es la versión que aparece en El Fénix. Es la más antigua conocida y, por tanto, hay que partir de ella para cualquier análisis. Después aparecerían las de Severo Gómez Núñez y Ortega y Rubio. Gracias a las tres y sus inexactitudes, se puede afirmar que la carta es apócrifa y que, por el camino y en un momento determinado, se cambiaron datos esenciales para tratar de acercarla a la verdad: un Breackreazon, de quien no había la menor huella en la Secretaría de la Guerra, se tornó en Breckinridge o Breckendrigde, y las iniciales J. S. -que nada dicen, se metamorfosearon por las verdaderas del mayor general Miles; o sea, N. A. Eso lo debe haber hecho alguien entre 1905 (versión de Ortega y Rubio) y 1912 (versión de Collazo). Es decir, se buscó un apellido que al menos se supiera existía en la Secretaría de la Guerra y se cambiaron las iniciales del mayor general Miles. Eso sí, casi seguramente que quien hizo las modificaciones desconociera que en la fecha supuesta el rango militar de Miles era el de mayor general y no el de teniente general y, por eso, lo mantuvo. De todas formas, se debe insistir en que la mayor evidencia del carácter apócrifo está en el propio texto de la carta.

Incluso, si de manera casi imposible por lo que afirma la Biblioteca Alemana un día apareciera el tal AllgmeineZeit, no deben caber dudas de que la carta no resultaría otra cosa que un montaje alemán, con vistas a apoyar a España a colocar en mala situación a Estados Unidos ante Europa.

Reitero que me inclino a creer que el montaje se produjo en Sancti Spíritus, después de estallada la guerra, posiblemente entre mayo y julio de 1898, quizás al amparo del ex coronel de la Guerra de los Diez Años, el conspicuo Marcos García, contra quien Martí guardaba tantas prevenciones y que bajo el régimen autonómico fue designado primero alcalde de Sancti Spíritus y después gobernador de la provincia de Las Villas, cuando la guerra ya había estallado. Considero que aquel memorándum nunca se escribió en la Secretaría de la Guerra de Washington, aunque los hechos posteriores demostrarían que la suma malevolencia de la actitud de Estados Unidos hacia Cuba, que venía de antaño, hacía la carta digna de que fuese legítima.

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