Como parte de la preparación para una nueva etapa de lucha independentista durante lo que conocemos como la Tregua Fecunda, se produce la fundación del Partido Revolucionario Cubano, uno de los más importantes aportes de José Martí a la historia del movimiento revolucionario cubano y latinoamericano en el siglo XIX.
La búsqueda de la unidad revolucionaria, la coordinación del esfuerzo independentista y el legado de esta organización fundada por Martí son expuestas en esta sólida valoración del intelectual y estudioso de la obra del Apóstol Luis Toledo Sande que sometemos a su consideración.Después de leerla le invitamos a que realice las actividades de aprendizaje vinculadas a este tema.

El Partido Revolucionario Cubano

(Tomado de la revista Bohemia)

Fidel lo llamó “el precedente más honroso y más legítimo del Partido que hoy dirige la Revolución”

Por: LUIS TOLEDO SANDE

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En Patriadel 3 de abril de 1892, José Martí sostuvo que el Partido Revolucionario Cubano (PRC) —que se proclamaría diez días más tarde— nacía de una “obra de doce años callada e incesante”. Se piensa en el discurso que el 24 de enero de 1880 leyó en el Steck Hall, de Nueva York, ante compatriotas emigrados, y que muy poco después hizo publicar como folleto.

Estaba en marcha la Guerra Chiquita, que empezó en 1879 y finalizó en 1880, año en cuyos inicios llegó él a Nueva York de su segundo destierro en España. El 6 de mayo siguiente le escribe a Manuel Mercado: “Aquí estoy ahora, empujado por los sucesos, dirigiendo en esta afligida emigración nuestro nuevo movimiento revolucionario”. Y añade que lo hace sin otro “gozo que el árido de cumplir la tarea más útil, elevada y difícil que se ha ofrecido” a sus ojos.

Contra el estancamiento de la Guerra de los Diez Años en el Pacto del Zanjón, en febrero de 1878, no bastó la Protesta de Baraguá, en el siguiente marzo. En su citado discurso, Martí apenas se refiere a la que luego se llamará Guerra Chiquita. Busca claves y se centra en la década fundacional. El 6 de julio de 1878, desde Guatemala, le había escrito a Manuel Mercado que “tenía casi terminada […] la historia de los primeros años de nuestra Revolución”. Como regresará a una Cuba dominada por la proximidad del Pacto, afirma: “Mucho he de padecer en una tierra donde no puede entrar semejante libro”.

Por una patria libre

De la pérdida de ese libro puede consolarnos, parcialmente al menos, el discurso de 1880, en el que Martí llama al Pacto del Zanjón “la tregua de febrero”, y evidencia que le causó desgarramiento, no sorpresa. Declara que quienes “no han investigado con celo minucioso” aquella contienda, “leerán atónitos este para ellos cuadro extraño, donde […] no se refleja en un solo punto su urbana y financiera manera de pensar”.

Se refiere, en primer lugar, a “los oradores del grupo político que ha convertido hoy en cuestión de finanzas azucareras todas las graves cuestiones de la Isla”. Le complace, pues, que frente a las “peroraciones de español sentido” de ese grupo, en el campo cercano a La Habana “los fieros montunos” dieran “vivas entusiastas, no a la patria liberal, sino a la patria libre”.

Martí desbordó lo más avanzado del pensamiento liberal, mientas que —aun sin las puntualizaciones clasistas correspondientes—, cabe señalar que, en general, los reformistas, incluidos los cabecillas del autonomismo, se sentían cómodos en un liberalismo con arreglo al cual meses después del Zanjón se constituyeron el Partido Liberal, el Partido Liberal Nacional y el Partido Liberal Democrático. También se creó el Partido Conservador, que luego se llamará Unión Constitucional y fue el más representativo del sometimiento a la metrópoli.

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Organizador de patriotas cubanos en esa ciudad

Con su orientación popular, Martí se opone también al caudillismo, que causó estragos en nuestra América y en el propio movimiento independentista cubano. Desde esa perspectiva concibe la revolución que Cuba necesita: “Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones; y acarician a aquella masa brillante que, por parecer inteligente, parece la influyente y directora”.

Interrumpida la Guerra Chiquita, se siente libre para conspirar, hacer labor ideológica y dar pasos organizativos concretos. El 20 de julio de 1882 escribe sendas cartas a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, y los invita a retomar por nuevos caminos el movimiento patriótico. A Gómez le informa: “he rechazado toda excitación a renovar aquellas perniciosas camarillas de grupo de las guerras pasadas, ni aquellas Jefaturas espontáneas, tan ocasionadas a rivalidades y rencores”.

Aspira a reunir en “un cuerpo visible y apretado” a “todos aquellos hombres abnegados y fuertes, capaces de reprimir su impaciencia en tanto que no tengan modo de remediar en Cuba con una victoria probable los males de una guerra rápida, unánime y grandiosa”. Algo similar comunica a Maceo, y —piensa en la herencia de la esclavitud— le dice que “el problema cubano” no está “en la solución política, sino en la social”.

Reacciona contra el autonomismo, condensado ya en partido, y prevé otro peligro. En la carta a Gómez, vislumbra “el instante definitivo, y ya cercano, de que [Cuba] pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir”. Y, como Cuba buscará “una solución fuera de España”, advierte: “si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país”, este se volverá “a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces”.

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Experiencia y futuro

Los héroes del 68 habían sufrido las consecuencias de una desunión que incluyó la contradicción militarismo-civilismo. La perspectiva política de Martí combinaría acertadamente las exigencias bélicas y la civilidad, pero a ellos podía parecerles civilista. Las diferencias no tardarán en verse, ni el hecho de que ya los tres revolucionarios procuraban unirse en la liberación de Cuba. En octubre de 1884 se entrevistaron en Nueva York, al calor del plan insurreccional que entonces preparaba Gómez apoyado por Maceo, y estos conocieron la soltura participativa de quien, sin la trayectoria que ellos tenían, rechazaba métodos y hábitos en los que veía asomos de caudillismo.

Con fecha del 20 de ese mes le cursa a Gómez una carta que tarda dos días en escribir, para que fuera “obra de meditación madura”. Respeta a Gómez y a Maceo, pero expresa su “determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo”. Y sostiene: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”.

Fiel a su brújula ética, no interfiere en el plan de Gómez y Maceo. Ya fracasado ese plan es que encabeza, en 1887, la Comisión Ejecutiva que se inscribe en el proceso de gestación del PRC. En nombre de aquella, no a título personal, escribe a destacados combatientes del 68, incluido Gómez, con quien es particularmente cuidadoso.

Martí brega por la unidad, aunque todavía tiene tareas periodísticas y diplomáticas que le propician, entre otros logros, denunciar maniobras como las del Congreso Internacional de Washington (1889-1890) y la Comisión Monetaria Internacional (1891). Ambos foros nutrieron su precoz antimperialismo, su oposición a que los Estados Unidos ensayaran “en pueblos libres su sistema de colonización”. En cuanto a Cuba, detectó que el poderoso vecino tenía “otro plan más tenebroso […], y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra,—para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella”. Se necesitaba una guerra bien preparada, que no diera tiempo a esa intervención.

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Por una democracia verdadera

A inicios de 1891 Martí publicó Nuestra América, ensayo donde sintetizó su latinoamericanismo y señaló el deber cuyo incumplimiento había menguado el alcance de la independencia en los pueblos de América: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. Con esa luz piensa el proyecto independentista cubano, por el cual se libera de sus labores periodísticas y diplomáticas.

En noviembre de 1891 logra ser invitado a visitar la comunidad cubana en Tampa, y que allí se avalen las Resoluciones que anticiparon las Bases del PRC, aprobadas el 5 de enero siguiente —como los Estatutos— en Cayo Hueso, donde también fue recibido entusiastamente por los compatriotas emigrados. Quiso que esos documentos, escritos por él, nacieran en comunidades que, por su número y su labor organizativa, y por ser mayoritariamente obreras, se diferenciaban de la que se hallaba en Nueva York, donde él residía.

El 26 y el 27 de noviembre pronunció, en Tampa, sendos discursos fundadores. En el primero sostuvo que la República debía hacerse “con todos, y para el bien de todos”, lo que algunos han visto erróneamente como búsqueda de una “totalidad imposible”. También erróneamente la imagen “pinos nuevos”, central en el segundo discurso, se ha malinterpretado a veces en un sentido estrechamente generacional.

Martí era consciente de que había quienes, guiados por intereses particulares, se negaban a cultivar el bien de todos. Y la metáfora “pinos nuevos” apunta al proyecto que emergía, como “racimos gozosos”, por entre pinos calcinados: el movimiento independentista dañado por bajas, fracasos y errores. En sus cartas de 1882 a Gómez y Maceo reclama “elementos nuevos”, como en la obra unificadora que asume en 1887, y siempre cuenta con peleadores de todas las edades, incluidos los jóvenes que abrazarían el nuevo plan revolucionario.

Las Bases del PRC comienzan estableciendo que este “se constituye para lograr con los esfuerzos reunidos de todos los hombres de buena voluntad, la independencia absoluta de la Isla de Cuba, y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico”. Son rechazadas, sí, las actitudes señoriales y antipatrióticas de autonomistas y anexionistas. La orientación martiana se nutre también del rechazo a la realidad de los Estados Unidos, donde los partidos dominantes representan a los poderosos: “el monopolio está sentado, como un gigante implacable, a la puerta de todos los pobres”, escribe en 1884.

Las Bases del PRC señalan que este “no se propone perpetuar en la República Cubana, con formas nuevas o con alteraciones más aparentes que esenciales, el espíritu autoritario y la composición burocrática de la colonia”. Su fin es “fundar en el ejercicio franco y cordial de las capacidades legítimas del hombre, un pueblo nuevo y de sincera democracia”.

Con la masa creadora

Frente a los formalismos de los partidos dominantes en su entorno, el PRC tuvo elecciones anuales y los ocupantes de sus más altos cargos, empezando por el delegado —denominación que revolucionó hábitos y encarnó un programa democrático— debían rendir cuenta periódica a sus electores. Todos los integrantes tenían deberes que cumplir y derechos que ejercer.

El PRC era un sistema de organizaciones territoriales desde la base hasta la cima. Su funcionamiento, a la vez centralizado y democrático, fue ejemplar, en especial tratándose de un cuerpo que necesitaba actuar parcialmente en la clandestinidad para preparar una guerra. Máximo Gómez fue electo general en jefe del Ejército Libertadormediante un proceso de consulta a jefes militares en la emigración, y Martí, el delegado electo del PRC, fue a verlo “junto a su arado” para comunicárselo.

El conocimiento de Martí sobre la realidad cubana estuvo lejos de limitarse al problema racial. En Nuestra América negó sabiamente, con ancha y honda capacidad de integración humana, la existencia de razas. Veía las raíces, y supo que la estructura de la sociedad cubana y los intereses particulares crecidos en ella representaban graves peligros para la revolución.

Hubiera preferido que la violencia —política o social— fuese innecesaria; pero en ¡Vengo a darte patria!, artículo publicado el 14 de marzo de 1893, afirma: “Desde los mismos umbrales de la guerra de independencia, que ha de ser breve y directa como el rayo, habrá quien muera—¡dígase desde hoy!—por conciliar la energía de la acción con la pureza de la República. Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”.


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En Los pobres de la tierra, que aparece el 24 de octubre de 1894 —en Patria, como el antes citado—, sostiene: “En un día no se hacen repúblicas; ni ha de lograr Cuba, con las simples batallas de la independencia, la victoria a que, en sus continuas renovaciones, y lucha perpetua entre el desinterés y la codicia y entre la libertad y la soberbia, no ha llegado aún, en la faz toda del mundo, el género humano”.

Tanto valoraba la cuestión social que calificó de “simples” las arduas batallas por la independencia. Representaba a un pueblo, no a una clase, pero veía en los obreros el arca de nuestra alianza, como los calificó en Patria. A “los héroes de la miseria” les asegura enLos pobres de la tierra: “No trabajan para traidores”. Pero con honradez y sabiduría reconoce que se lucha por “una república invisible y tal vez ingrata”: “por la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”.

El día antes de morir ratifica en carta a Manuel Mercado su voluntad de impedir la expansión de los Estados Unidos sobre nuestra América, y resume su pensamiento social. Define la actitud antipatriótica de autonomistas y anexionistas, y escribe que se consideran “prohombres” y desdeñan a “la masa pujante,—la masa mestiza, hábil y conmovedora, del país,—la masa inteligente y creadora de blancos y de negros”.

Marcha trunca

Al unir a los patriotas revolucionarios en un solo partido que tendría que lidiar con otros en la sociedad cubana, dio una lección unitaria de primer orden. Sería aventurado conjeturar qué papel le correspondería a esa organización en la República independiente. El fundador cayó en combate cuando marchaba hacia la Asamblea de representantes del pueblo cubano visible —así llamó a las masas alzadas, no a jefes militares ni a caciques políticos—, para constituir la República en armas y establecer las funciones que el PRC debía cumplir en la guerra. Pero no hay la menor duda de la sincera democracia del héroe.

En la carta póstuma a Mercado se refiere a tendencias que pueden estar interesadas en sacarlo del terreno de operaciones, donde él quiere permanecer. Pero reitera que solo la Asamblea tendría autoridad para decidir al respecto. Ahora bien, de celebrarse esa Asamblea con su presencia, ¿a quién se le habría confiado la dirección de la República en armas?

Su prematura muerte fue un duro golpe para la patria y, en ella, para el PRC. Desde el inicio de su labor aglutinadora, Martí concentró su afán institucional en impedir que el personalismo y las camarillas dieran al traste con la revolución o minaran la República. Por eso le escribe a Mercado: “Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad”.

El PRC debía cumplir una función de equilibrio, no de conciliación oportunista. Su valor permanece por lo que significó en su tiempo, y como raíz de logros y reclamos futuros. Martí, que rebasó en radicalidad el alcance del PRC, se empeñó en impedir que la unidad se menoscabara o viciara por errores y deformaciones. Sigue vigente su convicción de que la defensa de la justicia debe ganarse y mantener el apoyo del pueblo.

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Con Fermín Valdés Domínguez y, de pie al centro, Francisco (Panchito)
Gómez Toro, en Cayo Hueso, 1894

Presencia

La proclamación del PRC en 1892, el 10 de abril, expresó una doble voluntad con respecto a la Asamblea de Guáimaro, que en esa fecha de 1869 había constituido nuestra primera República: superar sus limitaciones y seguir su ejemplo de civilidad. La ingente labor de Martí y de sus colaboradores permitió que el PRC se extendiera pronto por tierras de América y tuviera conexiones con Cuba, donde estaba su fin inmediato.

En el texto de Patriacitado al inicio del presente artículo, Martí escribe al preludiar la proclamación del PRC: “Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano”.

Con ello le exige merecer que se le llame —como lo llama él, invocando “el deber de Cuba en América”, cuando la organización entra en su tercer año de vida— “el alma de la revolución”.

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