LA ÉTICA DE LA CUBANÍA

Ricardo Alarcón de Quesada

Crear una nación desde las tinieblas de la esclavitud, el oscurantismo y la corrupción exigía la visión iluminadora de los genios. Forjar un pueblo entre aquel amasijo de violencia y despotismo, de injusticia y de prejuicios, demandaba estatura de gigantes. Conducirlo a la victoria frente a un adversario cruel y mil veces más poderoso, sin el auxilio de nadie, en el aislamiento de su escaso territorio requería la virtud, la inteligencia y la voluntad de acero de los héroes.
Más compleja sería la proeza a que la historia convocaba a los hombres del 68, mucho más difícil y dura y angustiosa porque aún antes que ellos hubieran nacido, sobre la Patria apenas imaginada se cernía ya, como su peor y permanente amenaza, la ambición imperialista.
aguilatiosamYa Estados Unidos ocupaba lugar predominante en la economía y era el principal mercado del azúcar que producían nuestros esclavos. Sobre esa base surgió el interés común de los imperialistas y de una oligarquía que antepuso su afán de lucro al interés nacional y quería mantener a Cuba sujeta a España y entregarla después al dominio norteamericano. El vasallaje nacional era necesario para perpetuar la servidumbre humana y por ello nación y pueblo sólo alcanzarían la emancipación en un proceso revolucionario único.
Poner fin al colonialismo en Cuba significaba derrotar a una metrópoli que era fuerte, poseía aquí la mayor implantación militar y poblacional jamás alcanzada en ninguna parle de su imperio y estaba decidida a preservar su colonia a cualquier precio; liberar a Cuba exigía también vencer la hostilidad de Washington que ejercía su poderío para alejarnos de los pueblos latinoamericanos, perseguía las actividades de la emigración patriótica y promovía el anexionismo allí y dentro de la isla; significaba por eso igualmente quebrar en las propias filas cubanas la influencia de una clase terrateniente fuerte y antinacional.

Los patriotas que encaraban ese triple desafío además carecían de armas, estaban dispersos, no tenían un partido ni vínculos orgánicos entre ellos. Unos y otros se alzaron a conquistar la historia sin doblegarse ante los enormes obstáculos que enfrentaban como si del empeño heroico de cada cual dependiera la victoria.
A medio año de iniciada la lucha, bajo la embestida brutal de los colonialistas, se encontraron aquí los patriotas orientales, camagüeyanos y villareños para sumar ideas y voluntades, para buscar entre todos el modo eficaz de prevalecer en la desigual contienda, para diseñar, en fin y por la primera vez, el proyecto nacional, la Patria.

En Guáimaro buscaron aquellos hombres plasmar sus sueños y dar orden a una República que forcejeaba por afirmarse y crecer entre el fuego y la sangre y las cenizas. En Guáimaro por encima de todo sobresalió el altruismo y el desinterés de quienes supieron dejar a un lado diferencias profundas y colocar más allá de cualquier otra consideración el ideal de una Patria libre y justa. Pocas veces se alzó tan alto y con tanta dignidad y pureza el patriotismo como entonces, aquí, cuando la Patria apenas germinaba, cuando la Patria era poco más que una idea que ellos dibujaban amorosamente y por la que tendrían que pelear, sin alcanzarla, hasta la muerte.

marti_1892El proyecto revolucionario cubano unió desde su origen en un todo inseparable, la independencia política y la emancipación social: de aquella sociedad no podría surgir un estado nacional independiente sin la erradicación de la esclavitud, sin la hermandad entre blancos, negros y mestizos, sin la igualdad entre los hombres. Desde el 68 brota para lograr más tarde con José Martí su expresión más plena una ética que sería para siempre el móvil y la justificación de la única Revolución cubana: la Patria se fundaría en la justicia y el humanismo, la Patria sería solidaria o no habría Patria.
Sería igualmente internacionalista: a la Isla asediada vendría la solidaridad de muchos hijos de otras tierras que comprenderían que los cubanos no peleaban sólo por Cuba, que aquí se dirimía el destino de América, que nuestra brega era decisiva para la humanidad.

Porque desde el 68 el destino de Cuba se decidía frente a la codicia de un vecino a quien entonces le nacían las ansias de dominar a los demás.
Pero había más. No se trataba únicamente de independizar una nación, empresa en sí misma titánica en aquellas dificilísimas circunstancias. Cuba era una idea que sólo se realizaría en una sociedad nueva, dando vida al perenne sueño de igualdad y fraternidad entre los hombres. Demostrando que era posible, que existía un lugar y levantando allí su estrella solitaria, la utopía cubana atraería el amor de los justos y la esperanza de los oprimidos.
Transformación radical de las relaciones sociales, independencia total y definitiva, comprensión cabal de la dimensión universal de su lucha, una ética sustentada en la dignidad humana y en la disposición al sacrificio máximo por alcanzar esas aspiraciones como la virtud suprema, fueron la savia constante del patriotismo cubano.

demajagua1La campana de La Demajagua había llamado al mismo tiempo a la guerra contra el imperio español y a la liberación de los esclavos y esos dos principios -igualdad de Cuba como nación e igualdad entre todos los cubanos- alcanzaron expresión exacta en la Constitución de Guáimaro, fruto del idealismo y el abolicionismo integral de jóvenes como Agramonte y posteriormente en el Decreto de Céspedes eliminando el Reglamento de Libertos.

Como fuego inextinguible sobrevive el ejemplo de los jefes del 68 que por esos principios supieron sacrificarlo todo, las riquezas, las propiedades y comodidades personales, la felicidad familiar y hasta la vida. Del Padre de la Patria pudo afirmar José Martí que incluso "dominó lo que nadie domina: el carácter" y "sacrificó lo que nadie sacrifica: el amor propio".
Aquella generación tuvo que arrostrar los máximos sacrificios en la guerra más prolongada y cruenta que serviría para forjar definitivamente y para siempre la verdadera cubana, las cualidades esenciales de un pueblo admirable, justo y noble.

En su emocionada defensa de esos combatientes, calumniados por los mismos imperialistas yankis que habían ayudado a España durante los diez años, Martí describía así su pelea. "Una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer momento de la libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras propias manos, la creación de pueblos y fábricas en los bosques vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los tejidos de los árboles, el tener a raya, en diez años de esa vida, a un adversario poderoso, que perdió doscientos mil hombres a manos de. un pequeño ejército de patriotas, sin más ayuda que la naturaleza".

Esa lidia supieron librarla hombres que habían sido ricos y jóvenes de familias acomodadas que se juntaron en el combate y las privaciones compartidas con los antiguos esclavos y con los trabajadores más humildes. Juntos aprendieron a "dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir -estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna- de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta". Con ellos en los riesgos y las penurias estuvieron nuestras mambisas que aquí en Guáimaro expresaron sus reclamos con la voz de Ana Betancourt. Y no fueron pocas las que en la emigración abandonando "una existencia suntuosa" se fundieron también en el crisol del pueblo "la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador: cantó en las iglesias: ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal, rizó plumas de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo".
Aquella epopeya, lo sabemos, terminó en la amargura de la derrota a pesar de la voluntad heroica de Maceo y la dignidad gloriosa de Baraguá, Pocos pueblos habían pagado tan alto precio por la libertad que para aquella generación quedó como quimera inalcanzable.

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