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José Antonio Saco
Por Nestor Carbonell

(Tomado de Próceres)

“No son los servidores de la patria en el combate cruento los únicos que merecen respeto y consideración. La gloria del soldado es hermosa, pero no es toda la gloria. El heroísmo es admirable: también lo es el talento y lo es el saber. La palabra gana batallas lo mismo que la espada. Matando y muriendo es como se conquistan casi siempre los derechos; mas sin la previa preparación de los sentimientos, no se hacen los hombres capaces de conquistar aquéllos, y mucho menos de merecerlos. Pelear es imprescindible a veces, pero se ha de saber por lo que se pelea.

Porque ir a la guerra, ir a arrebatar vidas y a exponer la propia sin saber el fin que se persigue, es labor de aventureros desalmados, de hombres sin conciencia. Porque la bandera de la libertad no debe ser lo mismo que la de la tiranía; porque combatir por la justicia no debe ser lo mismo que combatir en contra de la justicia...
Maceo es grande, y es merecedor de la gratitud y admiración de todos los cubanos; pero también es grande José Antonio Saco, y también merecedor del recuerdo de los cubanos todos. El representó, durante un largo período de nuestra vida colonial, anhelos elevados y puros, aspiraciones nobles y generosas, deseos de mejoramiento, es decir, de libertad y de progreso...

“En Bayamo -Bayamo es tierra de grandes - y en casa rica vino a la vida Saco. Allí bebe las primeras aguas de la instrucción. Y cuando mueren sus padres, dueño de una pequeña fortuna, viene a la Habana, donde estudia enseñanza superior. Tras lucidos exámenes, recibe de sus profesores los grados de bachiller en filosofía y derecho. Del recinto de las aulas pasa, sin otra ayuda que su talento y su saber, a más amplios círculos.

Adulto apenas, a los veintiún años, es nombrado catedrático de filosofía del Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, en sustitución de su maestro Don Félix Varela. Más de dos lustros ocupó Saco esa cátedra, de la que hizo tribuna, y desde la cual irradió claridades y disolvió sombras. A los veintiún años también, publica sus primeros trabajos de carácter político y una pequeña obra sobre física y química que le conquistan aplausos.
Alentado por esos triunfos, y deseoso de más vasto campo, marcha a los Estados Unidos, donde nutre su clara mente con los conocimientos de sus leyes y de sus instituciones. El Mensajero Semanal, periódico que fundó en esa época en New York, fue portavoz elocuente de sus ideas y sentimientos. En Cuba logro muy favorable acogida este periódico, el cual fue más tarde, a los dos años, denunciado como sospechoso, cosa que dio lugar a que se le cerrasen las puertas de la isla infeliz.

“En New York, Saco tradujo del latín al castellano obras de derecho romano, y escribió una Memoria sobre caminos de hierro en la isla de Cuba, que fue premiada en el concurso literario industrial celebrado por la Sociedad Patriótica de la Habana, y otra sobre la vagancia en la isla de Cuba, y los medios de remediarla. Regreso luego a la Habana, y se hizo eje del movimiento intelectual y como el foco de donde partía la luz. Hecho cargo de la dirección de la Revista Bimestre Cubana, órgano de la Sociedad Económica, publico en ella artículos sensacionales.

Trato en unos de la necesidad imperiosa de acabar con el tráfico clandestino de esclavos africanos y la conveniencia de traer a Cuba colonos europeos, lo que le valió el ser tildado de desafecto a España, de amigo de los negros y de propagador de la independencia. En otros, recomendó con calor de padre la difusión de la enseñanza como base de la verdadera libertad.
Esto, y el haber impreso y hecho circular profusamente en Cuba un folleto en defensa de la Academia Cubana de literatura, determinaron su extrañamiento. José Antonio Saco se hallaba en examen público de la clase de física, en el colegio San Carlos, cuando le trajeron el pliego con su pasaporte y la orden de prepararse para abandonar el país en el espacio improrrogable de quince días. Cuentan que nadie más que el se enteró del contenido del pliego durante el examen. Primero era su deber; luego habría tiempo para sufrir.

“En vano, y a ruego de sus amigos, pidió que se le formase causa y se le juzgara conforme a las leyes. Entonces no había más ley que las pasiones de un hombre: el capitán general Miguel Tacón, y esas fallaron. Al destierro le siguieron las simpatías de todos los cubanos. En el destierro, allá en Madrid, escribió Saco numerosos trabajos de protesta y reclamaciones en favor de Cuba. Y cuando comprendió que la razón-si era cubana-no tenía oficio en España, se alejó de ella y recorrió media Europa. Por fin, se establece en París, donde vuelve a esgrimir la pluma, para pintar, con palabras lujosas, el cuadro de Cuba, y pedir la cesación absoluta del infame comercio del hombre negro.
Fue en aquel período que concibió su monumental obra, Historia de la esclavitud. Hallándose por allá, lo calumniaron e injuriaron: contrabandistas y hacendados, todos en defensa de sus infames intereses, lo hicieron blanco de sus fieras injurias y calumnias. Pero el águila no se intimida porque desde el espacio en que vuela divise abajo lobos y gusanos.

“Y cuando, definitivamente en París, se entera de que muchos cubanos solicitan la anexión de Cuba a los Estados Unidos, escribe a un amigo anexionista:

"De rodillas te pido que te apartes de la, idea de anexión, porque ella sólo puede producir males a la patria y a sus hijos." Públicamente combatió también esa idea, en escritos llenos de convicción y de lógica, de sentimiento y de verdad. Saco fue, por todo esto, un insigne patriota y un insigne pensador. Como cubano fue un sembrador de ideales, y un forjador de hombres capaces de amar esos ideales. Como patriota fue un gran patriota. Su vida entera fue modelo de virtudes públicas y privadas. Vivió en la estrechez pudiendo haber vivido en la abundancia y el boato con sólo haber cedido a las seducciones que le tentaron. Murió pobre, lejos de su tierra, cuando pudo morir en ella rodeado de comodidades y honores. ¡Pero no los honores que el hubiera querido!...


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