Un temperamento dinámico*

Raúl Roa

Cuando estas líneas se publiquen en Bohemia acaso ya vengan camino de Cuba —después del homenaje arremolinado y triunfal, cuajado de rojas banderas y vibrantes discursos, de los obreros y estudiantes mexicanos— las cenizas de aquel que supo, en todo momento, ajustar su pensamiento a su conducta. Así cayó en una solitaria y oscura calle de México: con el enérgico perfil luminosamente vuelto hacia el futuro, como había vivido, y en la boca crispada el grito terrible y magnífico: «¡Muero por la Revolución!»

Hace ya cuatro años que este crimen cobarde y repulsivo estremeció de ira y dolor el mundo revolucionario. Hace ya cuatro años que Julio Antonio Mella, el precursor glorioso de las revueltas estudiantiles de Cuba, el comunista militante, el revolucionario abnegado y heroico, fue acribillado a balazos por esbirros a sueldo de Gerardo Machado —hoy Asno errante. No fue Mella, una víctima aislada de la furia asesina del perverso Machado, como algunos, particularmente interesados, intentan establecer oscureciéndose de esta suerte la verdadera significación histórica del hecho, sus implicaciones políticas y sociales. Julio Antonio Mella — quede ya definitivamente aclarado— cayó en una miserable emboscada del imperialismo yanqui. Aquel 10 de enero de 1929 señala el eclipse biológico de una de las vidas más fecundas, atorbellinadas y generosas que registra, con caracteres de hierro, la lucha revolucionaria contra el imperialismo y la reacción nacional. Al paralizarse para siempre en aquel cuerpo joven y atlético la circulación de la sangre y dejar de funcionar aquel cerebro clarísimo, se inició para Mella una nueva vida a través de su recuerdo y de su ejemplo. Como todos los revolucionarios caídos en su puesto de combate, Mella devino símbolo. Por eso, sigue siendo útil después de muerto, como él mismo pidiera. Por eso, su nombre es hoy para nosotros bandera que agitamos en las calles contra la burguesía y el imperialismo y llevamos clavada en el pecho. No hay, en

rigor, premio más alto para el revolucionario desaparecido, que este de seguir sirviendo a la causa desde la tumba.

mella02

Julio Antonio Mella

 

La figura, la vida y la obra de Mella, constituyen, sin duda, lección ejemplar y clarísima que ofrecer a los jóvenes. Mella: he aquí alguien cuya imitación sería para nosotros incuestionablemente más fecunda y trascendental que la imitación de Cristo. Esta vida, tan llena de desusados matices, tan pura y emocionante, reclama para ser relatada una pluma condigna. No sería seguramente, ni puede ser, por ejemplo, la de Jorge Mañach, el biógrafo de Martí y abecedario mediacionista. Será, tiene que ser, una pluma desvinculada totalmente de los intereses de la burguesía cubana, capaz, por su posición política en la lucha de clases, de comprender, medir, interpretar, en su cabal grandeza, lo que Julio Antonio Mella fue. En suma: una pluma revolucionaria. Únicamente por este vehículo tendremos la versión caliente, directa, genuina, del hombre que, revolucionario de su tiempo, sigue ganando batallas clamorosas después de muerto. Apenas si se han escrito sobre él trazos tímidos, los confusionistas, ensayos incompletos, algún que otro trémulo esbozo que sólo da una muy vaga impresión suya. Sólo un individuo ideológicamente afín a Mella, de su propia envergadura moral podrá dar victorioso remate a esta magna empresa de ponerlo vivo en letras de molde. Un Rubén Martínez Villena. Un Pablo de la Torriente-Brau. Entre tanto, queden estas líneas febriles y atropelladas como una ofrenda más entre las múltiples que sobre su memoria encendida han volcado, a la vez coléricos y conmovidos, los revolucionarios de todas las latitudes.

Mella realiza plenamente el tipo del intelectual que viene a la revolución de los oprimidos por vía del determinismo ideológico, por comprensión del juego de las fuerzas económicas y sociales operantes en el proceso histórico. Mella, como José Carlos Mariátegui y Rubén Martínez Villena, pertenece a esa heroica minoría que rompe valerosamente con sus intereses de clase y se integra en la lucha revolucionaria para servirla hasta sus últimas consecuencias. Fue en la Universidad donde apareció por primera vez Julio Antonio Mella en el terreno político.

Temperamento dinámico, repleto de poderosas energías, inició en 1923 el llamado movimiento de reformas universitarias, enderezado a fumigar y democratizar la Universidad. Mella se transformó en pocos días en un gran líder estudiantil, en el más auténtico líder estudiantil que hasta ahora ha producido Cuba. El histórico Patio de los Laureles fue el escenario de sus más resonantes triunfos de entonces. Tantas veces lanzó su palabra violenta y magnética desde aquel sitio, que cree uno aún percibir el eco de su oratoria encrespada y sonora. Recuerdo la última vez que lo oí hablar. Fue el 26 de noviembre de 1925. Ya Machado había descargado su aparato de represión y terror sobre el estudiantado en rebeldía, amenazando con arrebatarle las conquistas logradas en la revolución de 1923, lo que al cabo obtuvo con la ayuda de los estudiantes traidores. La atmósfera era tensa. Mella —aclamado por todos— subió a la improvisada tribuna. Su mirada resuelta y brillante se recogió un momento en sí misma, y luego, con gesto dominador y altivo, la melena flameante, el brazo poderoso rubricando el aire, rompió a hablar. Cuando concluyó toda aquella muchedumbre de jóvenes enardecidos pugnaba por estrecharlo en sus brazos.

Fue esa la última vez que lo oí hablar y la última también que lo hizo en Cuba. Al día siguiente fue arbitrariamente detenido y, como protesta, se declaró en huelga de hambre. En el recuerdo de todos está, vívidamente registrado, aquella proeza suya de mantenerse diecinueve días sin tomar alimentos, en medio de una formidable agitación nacional y continental. Los que alguna vez nos hemos visto en parejo trance, sabemos muy bien que sí, para mantenerla tres días se requiere un temple de acero, para sobrellevarla diecinueve, sin vacilaciones ni desmayos, como Mella, es preciso estar vaciado en moldes excepcionales. Amenazado de muerte, lleno aún el ambiente de los rumores de su hazaña, Mella se vio obligado a partir al destierro. Va a Panamá, a Guatemala, a México. En este último sitio levanta establemente su tienda. La lucha revolucionaria lo absorbe totalmente. Un año después Mella ha sufrido una gigantesca transformación. Su visión política es más fina, su preparación teórica es ya consistente, su palabra revolucionaria ha madurado: Mella es ya el líder de fibra continental, de que nos hablara un embajador soviético al pasar por la Habana. Ocupa posiciones de altísima responsabilidad en los organismos revolucionarios mexicanos. Habla. Escribe. Multiplica su actividad de manera asombrosa. Funda la ANERC y su hoja de combate, Cuba Libre. Va a Bruselas, al Congreso mundial contra el imperialismo y la opresión colonial, donde presenta un amplio y documentado informe titulado «Cuba, factoría yanqui». Retorna a México. Mella es el eje de la lucha revolucionaria continental. Su insólita capacidad energética, le permite estar en todo, vigilante y certero. Organiza y elabora un libro sobre el problema revolucionario de Cuba, que la muerte dejó trunco. Un panfleto que se ha hecho célebre, denuncia, critica y desenmascara al APRA. (Asociación Para Revolucionarios Arrepentidos). Arde en ansias de volver a Cuba, cuyo proceso revolucionario sigue alerta. Balazos asesinos tronchan su deseo.

Mella muere antes de que caiga, por el empuje revolucionario de las masas, el régimen sanguinario de Machado, que él había previsto en un artículo suyo publicado en Juventud.

Ahora vienen sus cenizas a Cuba. Llegan, por dramática coincidencia, en uno de los más agudos momentos de la historia económica y política de Cuba. Un insolente y poderoso cerco de cañones aprieta la Isla convulsionada, amenazando vomitar sobre ella la desolación y la muerte, porque el ascenso revolucionario de las masas va en ritmo creciente. La intervención pasó ya del plano de la inminencia al terreno de la realidad concreta. Está en franco período de evolución. El desembarco de marinos sólo sería su culminación. Y ella va centralmente dirigida contra el movimiento revolucionario de los elementos de fila del Ejército y la Marina y de las masas oprimidas que luchan por su liberación nacional y social. Contra esa realidad no pueden

las organizaciones revolucionarias cruzarse de brazos. La coyuntura es de lucha, constante y diaria, a la cabeza de las masas. Hay, pues, una perfecta sintonización entre la atmósfera revolucionaria que vivimos y la llegada de los restos de Mella. Es preciso que ese día estemos todos en el muelle, en haz apretado y nutrido, para demostrar nuestra adhesión militante al luchador incansable cuya palabra sigue resonando entre nosotros y como protesta contra la intervención y el imperialismo y apoyo decidido y fraternal a los soldados y marinos.

 

* Tomado de Bohemia [La Habana], año 20, vol. 25, no. 33, 17 de septiembre de 1933, pp. 3, 60. Se publicó bajo el título de «Julio Antonio Mella». El periódico Ahora, el 10 de enero de 1934, publicó este mismo artículo con pequeñas variaciones para actualizarlo. (El título atribuido, AC.)

 

Regresar a Figuras de la Historia

 

Comentarios


Deja un comentario