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“La guerra a partir de 1873. Muerte de Ignacio Agramonte y Carlos Manuel de Céspedes.”

Autoras: M Sc. Regla Mercedes Galán González
M Sc. Ana María Pérez Cordero.
Por: Ileana Díaz Beltrán
 
Escolar de 5to grado:

Con el estudio de este arículo podrás profundizar en aspectos relacionados con el desarrollo de la Guerra de los Diez Años. Para poder comprender el contenido, debes recordar las Causas de la Guerra de los Diez.
Justamente este tema forma parte de la Unidad No. 5 del programa de estudio de la asignatura y con él podrás comprender aspectos como los siguientes:


¿Cuáles eran los principales jefes de la Guerra hacia 1873, en Camagüey y Oriente?

¿En qué hechos importantes participaron?

¿Cómo se produce su muerte?

¿Qué consecuencias trajo la muerte de estos dos hombres para la continuidad de la lucha?


Nuestro Héroe Nacional en su Artículo Tres Héroes que aparece en La Edad de Oro, escribió:“Hay hombres que no se cansan de luchar y llevan en sí el decoro de muchos hombres (…)”.
Sin dudas Ignacio Agramonte y Carlos Manuel de Céspedes son de esos héroes, los que pelean para hacer a los pueblos libres.

Pero, ¿quién fue Ignacio Agramonte?

Mucho antes del estallido revolucionario el 10 de Octubre de 1868, Agramonte ya conspiraba en contra de la dominación española. El 26 de noviembre de 1868 se celebra la Reunión de Minas y allí se enfrentó a Napoleón Arango y sus seguidores quienes proponían la sumisión a la metrópoli a cambio de reformas. Con sus encendidas palabras convenció a todos, desbarató intentos contrarrevolucionarios y se acordó continuar la lucha armada. Nuestro Comandante en Jefe refiriéndose a esa decidida actitud de Agramonte, dijo años más tarde:

“(…) Ese fue el primer servicio extraordinario prestado por Ignacio Agramonte a la lucha por la independencia (…)”
 
Recordemos también que en la Asamblea de Guáimaro tuvo una destacadísima participación, al ser uno de los redactores de la primera Constitución de la República de Cuba en Armas. Renunció al cargo de Representante de la Cámara y Secretario de la misma para aceptar el de Mayor General de la división de Camagüey pues entendía que en aquellos momentos el problema fundamental de Cuba era la Guerra y no la política.

La primera tarea de Ignacio Agramonte como militar fue la organización de fábricas y talleres donde pudieran repararse los útiles que necesitaban las fuerzas insurrectas. Adiestró a sus hombres para utilizar la caballería en función de la guerra de guerrillas; primero en Camagüey y luego en Las Villas.
Al respecto, en el discurso pronunciado por nuestro Comandante en Jefe el 11 de mayo de 1973, expresó:

“(…) dondequiera que había un campamento de Ignacio Agramonte, había un centro de instrucción militar, había una escuela (…)

Agramonte se preocupaba no solo por la preparación militar de sus hombres, sino que los incitaba para aprender oficios, leer, hacerse hombres cultos. Y no solo con los hombres bajo su mando sino también con su familia. Esto se lo hace saber a su esposa Amalia Simoni en una carta que le escribió, donde le decía:

“(…) Estoy formando un escuadrón de caballería (…) ¿Quieres que le reserve el puesto de Cabo Primero al mambisito?

El mambisito era nada menos que su hijo Ernestico, ya él pensaba incorporar posteriormente a su hijo a la lucha independentista. Agramonte tuvo otra hija llamada Herminia a la cual no pudo conocer.

Participó en numerosos combates pero sin dudas, se el 8 de octubre de 1871 se cubrió de gloria cuando, al frente de 35 jinetes, protagonizó la audaz hazaña de rescatar al entonces General de Brigada Julio Sanguily, quien horas antes había caído en poder de los españoles. Esta brillante acción es ejemplo de su capacidad organizativa, coraje y valentía.

El 9 de mayo de 1873, Agramonte llegó a Jimaguayú. Dio las instrucciones pertinentes para preparar un combate y en él, el 11 de mayo de 1873, mientras cruzaba de un lado al otro del potrero donde se desarrollaba la acción, para dar instrucciones a la caballería, se encuentra de repente con una compañía española, que, sin haber sido descubierta aún, había penetrado en el lugar. De forma inesperada, Agramonte muere en aquella acción cuando una bala le atraviesa la sien derecha. Así, el héroe que jamás vaciló ante el peligro, caía en los campos que tantas veces había cruzado al frente de sus hombres. El Mayor se convirtió en símbolo y ejemplo para todos los mambises. Tanto era su coraje y valentía que aún después de muerto, los españoles le temían. Por eso incineraron su cadáver y esparcieron las cenizas al viento.

Los españoles no imaginaron que con esa acción el recuerdo de El Mayor se multiplicaría en cada rincón de suelo cubano. La muerte de Ignacio Agramonte constituyó uno de esos dos duros golpes que tuvo la Guerra en 1873.

Como ya habíamos visto, Carlos Manuel de Céspedes fue otro de los grandes héroes de la Guerra de los Diez Años, refiriéndose a él, nuestro Héroe Nacional José Martí dijo:

“Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey (…) decidió cara a cara de una nación implacable (España), quitarle para la libertad su posesión más infeliz (…)”

Sin dudas, con esas palabras, nuestro Héroe Nacional se refiere a la grandeza de Carlos Manuel de Céspedes como iniciador, el 10 de octubre de 1868, de la guerra por la independencia. No podemos olvidar su firmeza en Yara, primer combate y primer revés también, de lo que sería el futuro Ejército Libertador, cuando con seguridad afirmó que: “… con solo 12 hombres bastaba para hacer la independencia”.

Céspedes, poseía un ferviente patriotismo. Era de carácter enérgico, impulsivo y apasionado. En Guáimaro fue proclamado Presidente de la República en Armas por sus indiscutibles méritos y cualidades de excelente dirigente y organizador. Su sobrenombre de Padre de la Patria él mismo se lo adjudicó cuando, los españoles le propusieron que traicionara a la Patria a cambio de la vida de su hijo y expresó que él era el Padre de todos los cubanos que morían por la Revolución. Como tal, sus ideas siempre estuvieron dirigidas a favorecer la independencia de Cuba.

En una carta escrita por Céspedes al representante diplomático del gobierno de la República en Armas, en Estados Unidos, le expresa:

“Por lo que respecta a Estados Unidos, tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba (…)”

Céspedes se refería al anhelo que siempre tuvo el gobierno norteamericano de apoderarse de nuestro país. En muchas ocasiones durante nuestra guerra con España lo demostraron. ¡Clara visión tuvo el Padre de la Patria!, la historia se encargó después de demostrar la justeza de sus palabras.

Desde la Asamblea de Guáimaro existían diferencias de opinión entre la Cámara de Representantes y Céspedes, el Presidente de la República en Armas. La situación hizo crisis a finales de 1873 cuando la Cámara de Representantes decidió destituir a Céspedes de su cargo. Él enfrentó un momento muy difícil al ser depuesto de la Presidencia de la República. Sin embargo una vez más dio muestras de su amor infinito por la causa independentista. En su Manifiesto al Pueblo y Ejército de Cuba, expresó:

“Como antes, como ahora y como siempre estoy consagrado a la causa de la libertad e independencia de Cuba. Prestaré con todo mi corazón, mi débil apoyo a cualquier gobierno legítimo en esa misma línea (…)”

¡Qué profundo e infinito amor a la Patria! Algunos de los que allí estaban, dicen que cuando recibió la noticia de su destitución, solo una arruga cruzó su frente. Con razón José Martí lo llamó: “Hombre de mármol”. Nuestro Héroe Nacional no conoció a Céspedes pero en sus conversaciones con los hombres de la guerra y mediante lecturas sobre aquellos gloriosos días, comprendió el carácter del prócer y lo estampó en bellísimos escritos. Él admiró profundamente al Padre de la Patria.

Después de la destitución, Céspedes quedó abandonado y sin escolta. Fue a la finca San Lorenzo en la Sierra Maestra y allí se dedicó a escribir sus memorias, cartas y a enseñar a leer y a escribir a los niños de la zona. En una de las cartas que escribe a su querida esposa Ana de Quesada, le dice:

Mi casita es bastante grande, de guano (…) en mi cuarto tengo la hamaca, una mesita escritorio, un banquito para ella (…). No falta de comer y hay un buen baño en el riachuelo (…) Todo el vecindario nos muestra mucho cariño (…)

¡Cuánta modestia y humildad! Aquel antiguo propietario de tierras que lo había entregado todo por la libertad de su Patria, no reclamaba comodidad alguna, ni consideraciones, solo agradecía el cariño de su pueblo.

Triste, solo, enfermo, casi ciego, sin escolta y contando nada más que con un revólver para defenderse, el 27 de febrero de 1874, es sorprendido por un grupo de españoles. Luego de algunos minutos de desigual enfrentamiento, el Padre de la Patria, herido en una pierna, cayó fatídicamente por un barranco. Su muerte representó otro duro golpe para la guerra libertadora.

Por todo eso, comprenderán por qué nuestro Martí también dijo en una ocasión lo siguiente:

“El extraño puede escribir estos nombres sin temblar (…) el buen cubano no. De Céspedes, el ímpetu; y de Agramonte, la virtud (…)”

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Martí veneró a esos dos hombres que cayeron en aquella década gloriosa. Carlos Manuel de Céspedes e Ignacio Agramonte constituyen ejemplos de patriotismo, espíritu de sacrificio y valentía para todas las generaciones de cubanos. Aunque las muertes de Céspedes y Agramonte fueron dos duros golpes para la guerra, Antonio Maceo, en Oriente y Máximo Gómez, en Camagüey, demostraron a España que el ansia de libertad de los cubanos no había decaído y que continuaría la lucha.
 
 
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Carlos Manuel de Céspedes compuso, en unión con José Fornaris y Francisco del Castillo, la canción La Bayamesa. Esta valiosa obra fue muy versionada desde su propia creación hasta la actualidad, muestra de ello es la versión cantada durante la guerra de 1868, La Bayamesa de Perucho –devenida Himno Nacional –, Mujer Bayamesa de Sindo Garay, entre otras.
 
 
La bayamesa"La Bayamesa".
Por José Fornaris y Carlos Manuel de Céspedes

¿No recuerdas, gentil bayamesa
Que tú fuiste mi sol refulgente,
Y risueño en tu lánguida frente
Blando
besoimprimí con ardor?
¿No recuerdas que en un tiempo dichoso
Me extasié con tu pura belleza,
Y en tu seno doblé mi cabeza
Moribundo de dicha y amor?
Ven, y asoma á tu reja sonriendo;
Ven, y escucha amorosa mi canto;
Ven no duermas, acude a mi llanto;
Pon alivio a mi duro dolor.
Recordando las glorias pasadas
Disipemos, mi bien, la tristeza;
Y doblemos los dos la cabeza
Moribundos de dicha y amor.

 
 
 
 
 
 
 
 

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