Alejo Carpentier, ganador del Premio Cervantes. Intelectual cubano de amplio espectro. Tuvo en la narrativa su labor fundacional. Formula la teoría de lo Real Maravilloso americano.A solo un mes de la caída del dictador Gerardo Machado Morales publicó en la revista Octubre, en Madrid, este artículo que dibuja nitidamente las condiciones de Cuba bajo la dictadura machadista.

Después de leerlo puedes realizar las que se te proponen.

Hacía apenas un año que había tomado posesión del poder, y ya se estaba proyectando la erección de su estatua. Era presidente de honor del club más “aristocrático” de La Habana. Tenía corte mundana en el Yacht Club. Y, siendo casi analfabeto, había sido proclamado “doctor honoris causa” de la Escuela de Derecho, por unos cuantos jurisconsultos ávidos de prebendas… también "honoris causa". Machado era un hijo que enorgullecía a sus padres. Allá en Camagüey, los viejos podían llenarse la boca hablando de "m' hijo presidente". Pronto les llegaría la hora de ser explotados por aquel vástago aprovechado, porque la mitología del "buen hijo” suele impresionar a muchas almas cándidas... El padre murió a tiempo para que Machado pudiese exhibir un dolor espectacular, y declarara, con la mano alzada sobre la tumba fresca:

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— iJuro por los restos de mi padre, que jamás aceptaré que se me reelija!
Pero como los negocios de Machado requerían su presencia en los Estados Unidos, el presidente asiste en New York a un banquete ofrecido por los financieros de Down Town. Y como le es necesario tomar la palabra, afirma que “gobierna con mano de hierro" y que, gracias a él, “las revoluciones han terminado para siempre en Cuba". Y confiesa que tiene el proyecto de continuar en el poder, al terminar su período presidencial, mediante una prórroga de mandato o una reelección.

A lo cual responde Thomas W. Lamont representante de la Casa Morgan:
“—Pothomas_w__lamontco importan los medios. Lo único que deseamos es que tan buen administrador permanezca largo tiempo en el poder".
Brindis. Champagne. ¡Hurrah! ¡Mister Macheido!... El presidente regresa a Cuba. Su compinche Carlos Miguel de Céspedes, Secretario de Obras Públicas, le ha construido una pasarela histórica, de madera tallada, que habrá de conducirlo desde el puente del vapor hasta la puerta del palacio presidencial. Banderas y estandartes. Clamores y bandas de música. ¡Sigue la fiesta! Cuatro mil burgueses vestidos de dril blanco. Ocho mil… "Las fuerzas vivas”… “Las corporaciones económicas"… Los niños de las escuelas municipales, agitando palmas de Domingo de Ramos... Los empleados públicos movilizados por sus jefes… ¡El Unión Club!... ¡Oh tú, Machado!... Mientras los cortejos desfilan interminablemente, el jefe de Estado asiste a una exhibición de otra índole en los íntimos salones palaciegos. ¡Exhibición menos monótona, en verdad! Hay un “pundonoroso caballero” que viene a ofrecerle su esposa, a cambio de una “misión en el extranjero". Un “cumplido funcionario” que exalta los atractivos de su hija adolescente. Una “señora respetable” que tiene la ventaja de poder brindar simultáneamente las tres niñas de sus entrañas a la paternal codicia del señor presidente. Y el mismo desfile se invierte: para emplear un lenguaje más directo, las mujeres deciden venir por su cuenta. Al menos la mercancía está a la vista. Con solo alargar una mano y dictar un nombramiento para el amante esposo, o crear una simple plaza de "agente confidencial” a favor de la interesada, el presidente puede palpar materia cabal. Y si cansa demasiado pronto, ahí están sus fieles ayudantes—, el teniente L. o el teniente R. —para saborear los restos del banquete. Machete (ya el pueblo comienza a designarlo por este nombre) se compra un yacht. Organiza unas "pesquerías” fabulosas que toda La Habana comenta en voz baja. Pesquerías en que nacen condecoraciones, misiones, nombramientos, y enviados especiales a Europa para estudiar el cultivo del arroz o la posible importación de vacas de Jersey a Cuba… mientras, aquellas señoras se bañaban desnudas en las ensenadas, a la luz de la luna, bajo la complacida mirada del presidente cuyo rostro, cubierto de erupciones y manchas sospechosas, recuerda las fotografías astronómicas que muestran los cráteres de la luna. “¿Qué hora es?”, pregunta de pronto el Primer Magistrado. "¡La que usted quiera, General!", responde uno de los favoritos… Y a la mañana siguiente, Monseñor Ruiz, Arzobispo de La Habana, terminará un sermón pronunciado en la Catedral de La Habana con estas palabras:
—Hijos míos... Dios en el cielo y Machado en la tierra[1].
Está claro que cuando un señor arzobispo, en plena catedral, bajo la cúpula de un púlpito jesuítico le hace a uno émulo de Dios, es necesario justificar la imagen de alguna manera. Ya no bastaban las banderas y estandartes, ni los homenajes de las corporaciones económicas, ni los títulos de "doctor honoris causa". Era necesario demostrar que se estaba a la altura de las circunstancias. Había que tomar la palabra. Pero esto no era obstáculo. Ya Machado tenía sus discursos preparados. El primero estaba dedicado a los “intelectuales":
"Yo sé que me falta la preparación necesaria. No soy sino un simple patriota. Carezco de cultura. Pero cada día estudio. Leo. Me instruyo. etc., etc.… ".
(Y como un eco los aparatos de radio anunciaban cada día:
—El General Machado se ha levantado a las cuatro de la madrugada, para leer las Tragedias de Esquilo.
—El General Machado está meditando los discursos de Cicerón
—El General Machado está estudiando a Maquiavelo
—El Maquiavelo le había sido prestado sin duda, por Orestes Ferrara, eminencia gris de aquella corte sin precedente).
gerardo-machadoY Machado decía a los obreros:
“Soy el primer obrero de la República. Vengan a someterme sus problemas. Yo quiero a los obreros... Cuba está en una situación floreciente. Solo los vagos y los jugadores no encuentran trabajo en esta isla…”.
Pero durante un viaje efectuado por Machado poco después de pronunciado este discurso paternal, los obreros adornaron las estaciones en que debía detenerse el tren del presidente, con unas banderas en que se leían inscripciones de este género:
"MACHADO, LOS VAGOS Y LOS JUGADORES TE SALUDAN."
Y el texto era subrayado por un friso de esqueletos, que representaba a los centenares de hombres sin trabajo que podían hallarse en cualquier pueblo azucarero cubano.
Mientras las manifestaciones desfilaban ante el Palacio y Machado gobernaba desde su yacht-gineceo, el proletariado cubano vivía una de las eras más trágicas de su historia. Era cierto que la crisis mundial había mermado de modo ruinoso el comercio azucarero, situación agravada por la competencia librada por los remolacheros yankis. Era cierto que los tiempos eran inclementes para un país monoproductor. Pero era cierto también que Machado no había tomado medida alguna para defender los intereses del campesino y del obrero cubanos. Los centrales azucareros americanos seguían importando braceros de Jamaica y Haití —negros de hábitos primitivísimos, carentes de las necesidades más elementales, y que consentían en trabajar en los campos en las casas de calderas por unos jornales que apenas bastaban al obrero cubano para comer malamente una vez al día. Y en los pocos ingenios que les abrían sus puertas, el “guajiro” tenía que resignarse a ser pagado en vales canjeables por mercancías —operación inicua que hacía regresar el jornal a manos de los patronos, por conducto del almacén de víveres de la empresa explotadora.
Ante semejante situación, el campesino criollo, descendiente de español, de negro o de isleño, prefería permanecer con los brazos cruzados en su vivienda de hoja de palma, mascullando rencores que hallaban forma concreta en una canción cuyas palabras resumen toda la tragedia azucarera de Cuba:
Yo no tumbo caña,
Que la tumbe el viento,
O que la tumben las mujeres,
Con su movímiento.
Pero el obrero, el trabajador de las ciudades, menos fatalista, dotado de una noción de justicia, imprecisa todavía aunque capaz de llevarlo ya a una acción violenta, intentaba promover huelgas, movimientos de protesta, manifestaciones, contra la explotación que era propiciada en todos los sectores —agrícolas o industriales— por el propio Machado, sostén, aliado o accionista, cuando no propietario, de clan empresas capitalistas... En aquellos días, también aparecieron cortejos por la calle Colón, llevando banderas y estandartes. Se oyeron clamores. Pero el Jefe de Estado no exhibió su rubicunda faz en el balcón mayor del Palacio. ¡Aquellos clamores eran desagradables! Las banderas y estandartes ostentaban inscripciones que hablaban de hambre, miseria, reivindicaciones, y otras cosas propias de "vagos y jugadores”… Las manifestaciones fueron disueltas a planazos de machete. Y Machado, conociendo uno de esos instantes de inspiración en que nacen las ideas geniales, declaró:
“Soy el primer obrero de la República. Y por lo mismo no toleraré que los honrados y laboriosos obreros cubanos sean engañados por unos cuantos agitadores comunistas, extranjeros, en su mayor parte… ¡Perseguiré sin piedad a los comunistas!...”
Por primera vez la palabra comunismo había sido pronunciada por el presidente. Término terrible, a cuyo conjuro comenzaron a prepararse celdas de excepción en las prisiones y se abrieron las puertas de las mazmorras militares, mientras los tiburones del Morro se restregaban jubilosamente las aletas y ejercitaban sus triples dentaduras, en espera de las víctimas que no tardarían en caer, a media noche, desde las troneras de las fortalezas, con el lomo agujereado a bayonetazos. Por lo pronto todos los gremios obreros fueron disueltos, al propio tiempo que se decretaba la clausura de la Universidad Popular y de los centros sindicales. Todo enemigo político del presidente, todo oposicionista, todo obrero que protestara contra una baja de jornales, era perseguido, preso y fichado. Centenares y centenares de comunistas desfilaban cada semana por las oficinas de examen antropométrico de la policía judicial. ¡Monsieur Bertillon tenía que vérselas con la III Internacional entera! La construcción del Presidio Modelo de la Isla de Pinos fue apresurada, porque ya no cabían comunistas en las cárceles y castillos de La Habana[2].
Machado se complacía ya en oírse llamar Dictador. La reforma de la constitución, prometida en el famoso banquete de Wall Street, era un hecho. Prorrogado su período presidencial, pensaba hacerse reelegir —a pesar del juramento teatral pronunciado sobre los huesos de su padre… Y como algunos periodistas y escritores imprudentes se habían permitido publicar, por aquellos días, algunos comentarios, desagradables contra otros tiranos de América y contra Mussolini. Machado creyó oportuno cortar drásticamente toda la propaganda de esta índole, declarando:
"Los pueblos más civilizados de la época actual han comprendido que el único gobierno posible es el de uno solo. Por ello florece la dictadura en todo el mundo. No quiero más campañas antiimperialistas. iYo soy imperialista!”
Sobre esta rotunda frase, se inició en Cuba la era del terror. Era tan rica en episodios horribles que, a menos de escribir un volumen entero, sólo pueden citarse los principales. Asesinato de Armando André, periodista cubano, porque había denunciado en su periódico el escandaloso negocio realizado por Machado con una compañía de contratistas en quiebra, cuyas acciones fueron adquiridas por el presidente, en vísperas de que la adjudicación oficial de los trabajos de la carretera central multiplicara vertiginosamente el valor de dichas acciones. Asesinato de los 57 trabajadores canarios, falsamente acusados de haber secuestrado a un rico propietario. Clausura de la Universidad, que se había vuelto un foco de agitación oposicionista. Asesinato de Claudio Brouzon, obrero cuyo brazo derecho, fue hallado en el vientre de un tiburón, tres días después de haber sido arrestado por la policía en la puerta de su casa. Asesinato de Alfredo López, arrojado al mar con un lingote de plomo atado al cuello. Tortura y asesinato del obrero chino Wong. Muerte de Alfredo Rodríguez "el españolito", ahorcado con un trozo de alambre, en plena calle de Santiago. Asesinatos cotidianos, tan numerosos que ya se hace imposible enumerarlos cronológicamente. Y, en 1929, asesinato de Julio Antonio Mella, uno de los dirigentes más puros que haya producido la juventud cubana.
Con Rubén Martínez Villena —hoy retirado en un sanatorio del Cáucaso—, Julio Antonio Mella representó en Cuba el tipo del leader comunista surgido de la Universidad. El caso merece que nos detengamos en considerarlo. En América, desde la época de las guerras de independencia, la Universidad ha ejercido siempre una influencia sobre los movimientos revolucionarios. Lejos de ser un centro de exaltación "aristocrática” de la cultura, ha tenido sorprendente virtud de poner las clases burguesas y pequeño-burguesas en contacto con el proletariado. Y digo "sorprendente virtud", por lo mismo que sobran razones para desconfiar de esas clases. El contacto suele ser efímero, y lleno de decepciones para la masa que ha confiado en sus resultados. Pero en Cuba, al menos, el hecho se ha verificado con asombrosa constancia. Para mencionar un antecedente histórico, debe citarse el de Juan Pablo Lafargue, yerno de Marx, y teórico valioso del marxismo, hijo de una mulata de Santiago, que se evadió de una clase pequeño-burguesa para consagrarse totalmente a una lucha bastante ajena a su filiación… A partir de 1922 las relaciones entre la Universidad de La Habana y las agrupaciones obreras se estrecharon considerablemente, gracias a Rubén Martínez Villena y a Julio Antonio Mella, animadores de la Universidad Popular, y primeros divulgadores conscientes de una ideología de la que solo se tenían, entonces, nociones harto imprecisas. Después de ser encarcelado varias veces por Machado, Mella sostuvo una heroica huelga del hambre, hasta obtener que se le desterrara. Y como en México prosiguió una campaña encarnizada contra la tiranía machadista, el dictador lo hizo asesinar en plena calle, por dos agentes provocadores, cómplices del Embajador de Cuba, Fernández Mascaró. A pesar de que el asesinato intentó disfrazarse de crimen pasional, pocos días después la Embajada de Cuba en México era apedreada por los estudiantes. Y por la misma fecha, centenares de carteles fueron pegados en los muros de París, denunciando el último hecho de guerra del "criminal sin fronteras".
La represión iba cobrando proporciones mitológicas. Ya los asesinatos aislados perdían importancia, ante las matanzas colectivas. Los obreros eran exterminados por grupos. Familias enteras quedaban diezmadas. Arsenio Ortiz, gobernador militar de Santiago, (a quien Machado, en agradecimiento de sus servicios, nombraría más tarde Jefe de Operaciones contra los insurrectos de Camagüey), hizo más de cuarenta víctimas en menos de un mes. Los estudiantes muertos se contaban por decenas. En la Cabaña, en el Castillo de Atarés, en la fortaleza del Príncipe, en el Presidio Modelo, la "ley de fuga” (sin intento de fuga por supuesto) era de uso corriente. Para "hacer hablar” a los presos se habían inventado numerosos suplicios, en que la baqueta y la bayoneta acabaron por parecer ineficientes. Se aplicó el "tortol", se atravesaron agujas en las partes más sensibles del individuo, se inventó un sistema de extrangulación por etapas… sin mencionar los fieles tiburones, aliados de Machado, que se encargaban de suprimir limpiamente a los “comunistas", y más ahora que el Dictador había firmado un decreto prohibiendo la pesca de escualos, por temor de que se hallaran demasiados restos humanos en sus vientres (sic).
— ¡Moléstame a Fulano!, recomendaba el presidente a alguno de sus jefes de presidio, cuando creía posible arrancar algunos informes a la víctima.
Y los alaridos del “molestado” no tardaban en cundir por la prisión sembrando el miedo en las galeras de presos políticos.
El terrorismo fue una consecuencia lógica de los métodos de represión machadista. Cuando Alpízar, joven leader universitario, cayó abatido a balazos por un detective, las bombas comenzaron a explotar en todos los barrios de La Habana. Una asociación secreta, el A. B. C. con ramificaciones en todas las clases sociales de Cuba, empezó a actuar directamente contra la policía y los defensores de la tiranía machadista. Asociación integiada por células de diez individuos, multiplicables hasta el infinito, y casi sin contacto las unas con las otras. Los miembros del A. B. C. se transmitían órdenes por medio de una clave que la policía cubana no pudo descifrar jamás, y publicaban mensualmente un boletín —Denuncia— en que se ofrecían las señas y filiación de las personas que debían ser matadas en días próximos. Las ejecuciones se verificaban implacablemente. El emplazado moría acribillado por millares de perdigones, tirados con escopetas de cañón recortado. El procedimiento era de una eficiencia absoluta, ya que la perforación de una sola bala no siempre suele ser mortal, mientras que una descarga de plomos menudos, dada en el tórax o en el vientre, resulta siempre expedita. De este modo fue muerto el Capitán Calvo, jefe de los “expertos” de La Habana. Así perecieron policías, detectives, agentes confidenciales, y espías machadistas. Y así también, Clemente Vázquez Bello, Presidente del Senado, ametrallado en plena ciudad, al pie del Hotel Nacional. Antes de matarlo, los terroristas habían cavado una mina debajo del panteón de familia de los Vázquez Bello, colocando en ella setenta kilogramos de dinamita. Esa carga estaba destinada a explotar cuando todos los miembros del gobierno, con Machado a la cabeza, se encontraran congregados sobre la tumba, escuchando la oración fúnebre, grandilocuente y protocolar. Pero el Presidente del Senado fue enterrado en Santa Clara, por voluntad de sus familiares, y solo algunos días después se hallaron casualmente, los alambres que debían hacer funcionar la máquina infernal.
Los atentados contra Machado se multiplicaban. Pero cada vez el dictador escapaba a la muerte, con una suerte que solo podría compararse con la de Leguía o Estrada Cabrera. El día en que el presidente no se bañaba, una bomba explotaba en su baño. El día en que los terroristas lo esperaban frente a la casa de su querida, el presiden te no acudía a la cita… Comprendiendo la inutilidad total de proclamarse "el primer obrero de la República", Machado reducía gradualmente el círculo de sus confidentes. Fuera de los Jefes Militares, del General Herrera, de Pepito Izquierdo, del gran canalla, rector de la Universidad Averhoff, solo un hombre era capaz de infundirle valor y hallar justificaciones sutiles para los peores asesinatos: Orestes Ferrara. Condotiero italiano, aventurero de la guerra hispano-americana, ex embajador de Cuba en Washington y ahora Secretario de Gobernación, este personaje dúctil y artero, inteligente culto, comentador de Maquiavelo, defensor de los Estados Unidos y de sus derechos de intervención en la Farsa-Conferencia Pan-Americana del año 27, era para Machado el más perfecto paño de lágrimas. En él encontraba el bruto encumbrado, el cuatrero presidente, el pobre imbécil megalómano y sanguinario, al intelectuar, al "hombre que sabía", al dialéctico ingenioso, habituado a sacar de "aquellos libros que había leído" unas razones, capaces de aligerar las conciencias más taradas.
Una frase de Ferrara merece ser recordada. Demuestra, de manera elocuente, cuáles han sido las condiciones en que ha tenido que luchar el proletariado cubano, durante la era machadista. El 26 de febrero de 1927, Mr. William Green, presidente de la American Federation of Labor, escribió a Orestes Ferrara —entonces Embajador en Washington—, presentando “ciertas demandas, informaciones y hechos, juntamente con los nombres de muchas personas que habían sido asesinadas debido a su filiación gremial y a sus actividades en favor de las legítimas organizaciones obreras a que pertenecían"… La respuesta del Embajador napolitano resultó una verdadera obra maestra. Comenzaba por hablar de los obreros americanos citados en la lista: "Thomas Grant fue indiscutiblemente asesinado. No se sabe por quién: pero existe una cosa segura. Si no lo hubieran asesinado, él habría cometido algún asesinato, sin duda alguna… Varona fue asesinado también, pero por diferencias personales nacidas al calor de la lucha intestina del obrerismo". Y terminaba con este párrafo contundente y definitivo: “En cuanto a los demás nombres que usted cita esos NO SON MÁS QUE ESPAÑOLES”. (!!!).
Orestes Ferrara consolaba a Machado. Y Machado lo cubría de oro. Pero las situaciones más placenteras no suelen prolongarse mucho tiempo. El período terrorista abecedario había cumplido su misión. El pánico reinaba en La Habana. Faltaba ahora la verdadera revolución, la revolución de la masa, la acción conjunta del proletariado. Ya años antes, recluido en la cárcel del Príncipe, un leader obrero, vaticinaba:
—El día que decretemos la huelga general, como debe decretarse, Machado caerá.
No obstante, era necesario que esa huelga general no sirviera de instrumento a algún falso caudillo —Menocal o Mendieta—, deseoso de suplantar a Machado, para acabar cometiendo los mismos errores e idénticos atropellos. El pueblo de Cuba no tiene nada que esperar de los políticos profesionales. Lo sabe. Tiene ya conciencia de problemas más hondos que aquellos, puramente superficiales, que se resuelven con la elección brillante de un honesto general de la Guerra de Independencia, o de algún Doctor de ideas liberales o conservadoras. Claro está, por otra parte, que el proletariado cubano se da cuenta de que le es muy difícil actuar definitivamente en un sentido revolucionario absoluto, viviendo en un país que se halla a seis horas de las costas norteamericanas, y no ignora que el verdadero trabajo debe realizarse allá.
Pero esta vez decretó la caída de Machado. Bastó el breve lapso de restablecimiento de las garantías constitucionales, exigido por el Embajador Welles, para que el proletariado cubano se organizara, y sus distintas agrupaciones se sumaran al paro general. El epílogo de ese movimiento es sobradamente conocido, para los que lo recordemos en este articulo.
—¡La Historia juzgará mi obra!, lloriqueaba en Nasslau, el General Machado!
El General pensaba en la Historia Universal, porque es megalómano de nacimiento. Pero la historia en su caso, se reduce a la de Cuba. Y si esta puede tener algún día trascendencia universal, será para demostrar una vez más, que sólo el proletariado tiene, en su propia mano, el arma de las revoluciones. Que tiene los medios de librarse por sí mismo. Y que todo movimiento que no emane del proletariado, no responderá nunca a los anhelos profundos de justicia que mueven las masas hacia una finalidad concreta.
* Publicado en la revista Octubre;Madrid (septiembre-octubre), 1933
Notas:
[1] Al escribir estas líneas me asalta el temor de que el lector pueda creerlas exageradas por un prurito de deformación literaria. Aquellos que han vivido en La Habana por los años de 1926 a 1929, podrán decirosque es bien pálida ante la realidad, esta evocación de una era de desvergüenza y prostitución colectiva.
[2] En 1927 éramos 92 presos en una sala común de la cárcel de La Habana, en que solo cabían normalmente 40 hombres.
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