Fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina

El 27 de noviembre y Fermín Valdés Domínguez

Por Roberto Gómez Montano

“Se llenó nuestra Habana de turbas engañadas y coléricas: temblaron ante ellas los que hubieran podido desarmar la furia con mostrar a sus jefes el ataúd: todavía se estremecen de pavor los que recuerdan las cárceles cercadas, el palacio sitiado, los caballos de los pacificadores muertos a bayonetazos, los toques de corneta anunciando en el lúgubre silencio las gallardas cabezas que caían...”

De esta forma describió el Apóstol el dramático escenario de violencia colonial en que se produjo el 27 de noviembre de 1871 el fusilamiento de ocho estudiantes de medicina en un artículo dedicado a homenajear a su amigo de la infancia Fermín Valdés Domínguez.

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A la tenacidad de Valdés Domínguez se debió no solo que fuese reconocida la inocencia de los jóvenes, sino también la construcción del monumento homenaje, emplazado en el lugar donde fueron fusilados. Costeado por suscripción pública bajo la supervisión de una comisión por él presidida, llegó a recaudar 25 mil pesos de los 30 mil que costó; el resto fue aportado por familiares de una de las víctimas.

Un segundo escrito con igual propósito destacaba el valor de Fermín a quien califica de vengador por defender y reivindicar la inocencia de los jóvenes asesinados: “El vengador era Fermín Valdés Domínguez, uno de los presidiarios, y autor del libro donde se narra, sin afear con la venganza la indignación ni el patriotismo con el interés, el paseo de los estudiantes por el cementerio, la malignidad que quiso sacar culpa de él el asedio de la cárcel por la milicia de la Habana trocada en jauría hambrienta, el infame consejo de oficiales de ejército que contra la única voz honrada del defensor Capdevila condenó a muerte a ocho y los eligió por rifa...”

En el Diario de Campaña de Bernabé Boza, Jefe del Estado Mayor de Máximo Gómez, quedó recogida la Carta abierta de Fermín a Texifonte Gallego, publicada por el periódico mambí “Las Villas”. Gallego había publicado en Madrid el libro “Insurrección cubana” donde insistía en la culpabilidad de los jóvenes en relación con los cargos de profanación de la tumba del periodista español Gonzalo Castañón.

Con poderosos argumentos la carta constituye una contundente denuncia de la falsedad con que se pretendía empañar la memoria de los jóvenes asesinados y al hacerlo expone con claridad el motivo de estos ataques: “Porque para defender la dominación es preciso mentir; porque para enaltecer a los verdugos tiene que manchar con la calumnia las páginas de su libro.” Después pasa a describir el horror de los voluntarios en la noche del 26 al 27 de noviembre y la canallada de la prensa española incitando a la matanza para a renglón seguido exponer que lo que ha escrito el peninsular le ha hecho pensar en la misión que como cubano se ha trazado: “... pero sus frases me hacen pensar que _ a más de cumplir en la guerra un deber como cubano_ traigo aquí otra misión: la de vengar a mís hermanos; la de castigar a los víles de ayer, que son los cobardes de hoy.”

Esta carta constituye un magnifico ejemplo del empleo de la prensa revolucionaria en la batalla, también ideológica, que los cubanos llevaban contra el colonialismo español, a diez años del escrito en que Martí se refiriera al valor de su amigo de la infancia al enfrentar a las autoridades españolas para defender la inocencia de los estudiantes de medicina: “Pero once años después, cuando el hijo de aquel cuyo cadáver se creyó profanado iba a sacarlo de su nicho para llevarlo a España, un joven, bello por su heroicidad, digno en aquel instante de que cayese el sol de lleno sobre él, se adelantó sobre el séquito mortuorio, y sin temor al gobierno de hierro ni a la ira de las turbas, sin atender a más voz que aquella de adentro que manda obrar como se debe, pidió al justo español, a Fernando Castañón, que declarase como el ataúd estaba intacto, y los ocho niños murieron inocentes.”