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La intervención norteamericana dió paso a la ocupación del territorio de la Isla, que sienta las bases de la imposición de mecanismos de dominación políticos y económicos que serían perfeccionados a partir de la constitución de la república el 20 de mayo de 1902. Desde esa fecha hasta el 31 de diciembre de 1958 transcurrirían 56 años de historia cubana que tuvieron como línea divisoria la existencia de la Enmienda Platt hasta 1934 año en que se produce el reordenamiento de la dominación imperialista que conduce a la derogación de este mecanismo de dominación.
El tema que a continuación presentamos pertenece a un reconocido periodista cubano, Oscar Pino Santos y su lectura permite profundizar, más allá del cuestionamiento a los terminos Protectorado y neocolonia, en una profunda reflexión acerca de las características de esta etapa de nuestra historia.
Lo que fue aquella República: Protectorado y neocolonia

Oscar Pino Santos

(Tomado de La Jiribilla)

Durante el período de 1902 a 1958, ¿fue Cuba una neocolonia de los Estados Unidos?

Tal calificación, cuando se comenzó a plantear a partir del triunfo de la revolución en 1959, representó sin duda un avance conceptual en la definición del carácter de la dependencia de nuestro país durante las casi primeras seis décadas del siglo XX. Desde entonces adquirió tal validez que aun hoy forma parte de los estudios historiográficos, de las alusiones a aquella etapa de nuestra vida nacional e incluso de cualquier discurso patriótico —de fuente oficial o no.

No obstante, cabe preguntarse si se trata de una versión correcta —en términos teóricos, objetivos o, si se quiere, científicos— de una época como aquella tan dura y amarga como superada. Pues ocurre que el examen del proceso histórico que cubre el periodo l902-1958 sugiere otro enfoque mas preciso. Esto es, a través de esos años la nación cubana pasó por dos etapas perfectamente distinguibles. De 1902 a 1934 su dependencia de los Estados Unidos asumió claramente la forma de un «protectorado» y solo entre 1934 y 1958 se manifestó como «neocolonia».

Curiosamente, cuando hemos planteado tal importante distinción, la reacción de compañeros a quienes admiro por la seriedad y profundidad de sus reflexiones sobre nuestra historia, es sorprendentemente negativa. « ¿Protectorado? No, suelen decir; ¡neocolonia!». Tal vez, ello se deba a un hábito repetitivo, al orgullo del triunfo alcanzado por la liberación del país de aquella dependencia o, simplemente a que el término protectorado evoca ciertas reminiscencias de un método de dominación que aparte otros rasgos tuvo el humillante de ser impuesto a naciones más atrasadas.

Pero distinguir el régimen del protectorado (1902-34) del neocolonial (1934-58) resulta en extremo importante.

El protectorado —que nació y se extinguió con la Enmienda Platt— fue un estadio de dominación imperialista mas abierto, brutal y lesivo que el neocolonial —precisamente además el que permitió a los Estados Unidos colocar nuestra economía en las condiciones de dependencia que explican su deformación estructural, vulnerabilidad externa y subdesarrollo.

El período neocolonial —que se inicia con la abrogación de aquel colgajo constitucional y termina con el triunfo de la Revolución en 1959— también representó una etapa de dependencia y explotación de Cuba por el vecino norteño, mas para entonces este tenía ya bien afirmada aquí su hegemonía y las circunstancias domésticas e internacionales le obligaban a actuar de manera más sutil y encubierta.

Entre 1902 y 1934, las notas diplomáticas presionantes, las amenazas de intervención más o menos públicas, el desembarco de marines y hasta el envío de un procónsul
como Crowder, eran ocurrencias más o menos «normales» y acá aceptadas con cierta resignación. Tales injerencias hubieran resultado insólitas entre 1934 y 1958. Cuando a principios de la década de los cincuenta ciertos intereses norteamericanos requirieron un cambio en la política económica de Cuba, se vieron forzados a dar un golpe de Estado (10 de marzo de 1952), pero utilizando la CIA para garantizar el secreto de su intervención y esto se logró con tanta eficacia que aun hay quienes creen que aquel madrugonazo fue producto de la iniciativa y las ambiciones de poder de Batista.

Los regímenes de protectorado y neocolonia no deben confundirse. Representan dos etapas del mismo período seudorrepublicano, pero de contenido histórico diferente. Ambos tienen en común, sin embargo, aparte la dominación imperialista, que solo pudieron ser superadas por las heroicas luchas revolucionarias del pueblo cubano.

Protectorado y el caso de Cuba

Pero, ¿qué es un protectorado? Cualquier diccionario define nítidamente ese término. El de la Real Academia Española, el francés Larousse, los ingleses Oxford, Webster y la Enciclopedia Británica, el enciclopédico en español EDAF, y otros —todos, sin falta caracterizan esa condición de dependencia en términos que se ajustan al caso de Cuba tal y como se produjo en el espíritu, la letra y la realidad de las consecuencias de la Enmienda Platt. Algunos lo hacen de forma un tanto general. Otros tienden a destacar el aspecto del control, por la potencia dominante, de las relaciones exteriores o incluso su ejercicio de un derecho de intervención en los asuntos internos del país subordinado implicando por tanto una merma de la soberanía de este.

«The Columbia Enciclopedia» publicada por esa universidad de Nueva York —y es la que este autor suele utilizar por su seriedad— contiene esta definición:[1]

«Protectorado» —término jurídico internacional que describe la relación entre dos estados uno de los cuales ha sometido a otro el control parcial o total de sus relaciones exteriores o le ha otorgado el derecho a intervenir en sus asuntos internos. El estado subordinado puede rendir una porción de su soberanía por tratado o luego que el estado protector ha logrado ello por la fuerza. El protectorado se distingue de la colonia en que el estado protegido aun mantiene la soberanía sobre su territorio, el cual no se incorpora al territorio del protector ni sus ciudadanos asumen la nacionalidad de este último. Aunque los protectorados existieron desde los tiempos de Grecia, Roma, la Edad Media y la era napoleónica, el propio término tiene un origen reciente y generalmente se refiere a la relación existente entre una potencia altamente civilizada y un país atrasado. (Cuba) antes de la abrogación de la Enmienda Platt (1934) fue un cuasi protectorado de los Estados Unidos y Haití y Nicaragua fueron a veces definidos como tales.

Leland Jenks en su clásica obra Nuestra Colonia de Cuba cita una decena de autores que en los años veinte clasificaban a nuestro país como protectorado o como una variante de esa condición que llamaron semiprotectorado (Buell), protectorado disfrazado (Adams), soberanía limitada (Culberston) o semisoberanía (Hershey) y así por el estilo (Jenks: 121).

Décadas más tarde, el también norteamericano Robert F. Smith, en una obra valiosa por sus aportaciones documentales, aludió al hecho de que «cuando las fuerzas norteamericanas se retiraron de Cuba (1902), un cuasi protectorado quedaba establecido por la adición de la Enmienda Platt a la nueva Constitución del país»(Smith: 88). El punto de vista europeo se revela en la obra de los especialistas franceses Raymon Aron y Alfred Grossen cuando se refieren a la abrogación de la Enmienda Platt (1934), que «le había otorgado a los Estados Unidos un cuasi protectorado sobre Cuba» (Aron y Grossen: 142).

Sin embargo, tampoco debemos pasar por alto que nuestro Emilio Roig de Leuchsenring solía aludir a aquella condición que nos fue impuesta durante más de tres décadas calificándola como protectorado. Ello lo hacía con la prueba documental de sus imprescindibles estudios sobre la Enmienda Platt. En la obra de Hortensia Pichardo, aquí y allá —como en la de otros autores cubanos— también puede encontrarse esa definición.

Finalmente, debe aclararse que los «cuasi» y los «semi» utilizados por los autores norteamericanos y europeos arriba citados y que tienden a atenuar el carácter de aquella dependencia están demás. Aunque con ciertas peculiaridades, el régimen que los Estados Unidos impusieron a Cuba era un protectorado con todas las de la ley.

Pronunciamientos en los Estados Unidos

Pero si retrocedemos hacia los tiempos en que se aprobaba en los Estados Unidos la Enmienda Platt y ocurrían acá con su imposición las conocidas protestas, se observará enseguida que aquel aditamento constitucional no solo se interpretaba como la cobertura jurídica de un régimen de protectorado, sino también que alrededor de esa realidad —y no de las posibilidades de anexión— era que tenían lugar los históricos debates de aquel entonces.

Convertir a Cuba en un protectorado yanqui era obviamente la intención de los diversos niveles del Poder Ejecutivo en la potencia norteña.

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Orville Hitcoch Platt, Senador por Connectticut, presentó ante el Congreso una enmienda que se convertiría en anexo a la Constitución de 1901

La Enmienda Platt, como es sabido, se gestó bajo el patrocinio de William McKinley, aquel presidente de apenas ocultas posiciones contra la independencia de Cuba y tan conocido servidor de los mas poderosos intereses económicos de los Estados Unidos que, cuando fue electo, hizo exclamar a los norteamericanos mas avisados: «La plutocracia ha llegado al poder».

El caso de Elihu Root —el secretario del Departamento de Estado que solía distribuir su indiscutible talento como jurista entre la Casa Blanca y su clientela de Wall Street— merece párrafo aparte.

Root —al margen de las sugerencias que como antecedente se le atribuyen a un general Wilson— ha sido reconocido como el «padre de la Enmienda Platt». No vamos a referirnos aquí in extenso a su posible concepción y seguro protagonismo en la imposición de aquel instrumento intervencionista de dominación. Sí vale la pena apuntar un dato —documentado por Ph. Foner, pero generalmente inadvertido— que resulta de sumo interés. En los días en que especulaba con la idea de encontrar una manera de garantizar el supuesto derecho norteamericano a intervenir en Cuba cuando asi conviniera a sus intereses, Root sostuvo una abundante correspondencia con el Departamento de Guerra. ¿Objetivo? El Secretario de Guerra solicitaba se hiciera un estudio completo en base a toda la información disponible sobre el funcionamiento del régimen de protectorado que Inglaterra le había impuesto a Egipto en 1898 (Foner: 243).

Pero si el Poder Ejecutivo hacia todo lo posible por ocultar la verdadera esencia de la Enmienda Platt —creación de un protectorado norteamericano en Cuba— en el Legislativo no dejaron de alzarse las voces de destacados congresistas que, por diversos motivos, denunciaban enérgicamente aquella maniobra.

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Charles E. Littlefield

El senador Morgan, por ejemplo —ardiente defensor de la independencia de Cuba antes de convertirse como sucedió luego en un no menos fogoso anexionista— sostuvo un largo discurso que «cuando nos dedicamos a crear un gobierno independiente en Cuba y después a ejercer un protectorado o suzeranía sobre ese gobierno, no hacemos más que separarnos de los límites de que está investido el Gobierno por la Constitución, tanto en las ramas diplomática como en la ejecutiva o legislativa» (Roig : 104) El representante republicano por Maine, Charles E. Littlefield, fue incluso más terminante:

«Por este ultimátum (la Enmienda Platt), nosotros, en efecto, asumimos un ‘protectorado’ sobre Cuba, que nos desvía de nuestra política nacional con un poder que jamás hemos ejercitado. Dudo que todo eso quepa dentro de los capítulos de nuestra Constitución y no concibo que se pueda edificar un ‘protectorado’ sobre los pilares de la Doctrina Monroe».(Márquez Sterling: 140)

En términos parecidos se pronunciaron George F. Hoar y otros congresistas. Sin embargo, como evidencia de las presiones que se ejercieron sobre esos políticos, debe notarse que Hoar, finalmente, votó a favor de la Enmienda y el citado Littlefield sencillamente no votó.

La actitud de los convencionales cubanos

No menos significativo es que la mayoría de los convencionales cubanos que redactaban la Constitución que habría de regir en nuestro país también eran conscientes de lo que en realidad representaba la Enmienda Platt, i.e., un protectorado. Fue con ese enfoque que Juan Gualberto la sometió a su devastador análisis y que la Asamblea nombró aquella Comisión para que viajara a Washington, aclarara la situación y dejara constancia de las posiciones cubanas.

La Comisión, cuya presencia fue reflejada allá por la prensa con altanera hostilidad, aunque no había sido invitada por el Gobierno de Estados Unidos, recibió sin embargo un trato oficial más bien respetuoso y amable. Pudo sostener conversaciones a fondo con Elihu Root, secretario de guerra y personaje clave en las relaciones cubano-norteamericanas y la recibió en audiencia especial el presidente MacKinley, quien le ofreció un —para algunos de sus miembros— impresionante y suntuoso banquete en la Casa Blanca en el que estuvo presente la crema de la administración y la política del país. Obviamente, se aplicaba una táctica enderezada a deslumbrar a la delegación criolla y amansarla con la idea de las tan buenas como razonables intenciones de Washington hacia Cuba.

En una de las entrevistas con Root, tras exponer lo que la Enmienda Platt como mutilación de la soberanía y su incompatibilidad con la independencia de Cuba, respondiendo al argumento de aquel secretario de Guerra —en el que este aludía al apéndice como una extensión efectiva de la Doctrina Monroe que haría imposible el intento de cualquier otra potencia de dominar sobre Cuba—, Méndez Capote, que presidía la delegación cubana, planteó:

«Aun a riesgo de parecer demasiado insistentes, nosotros (los miembros de la Comisión) agradeceríamos al señor secretario que concretara mas aun lo que su gobierno estima sustancial en los ocho artículos de la Enmienda. Diré con franqueza que no se ha borrado de nuestro ánimo el recelo fundamentalísimo de que la posición reservada por la Ley Platt a la República de Cuba se interprete mas adelante a manera de un simple protectorado o soberanía, y de ocurrir así, emergerán dificultades para el reconocimiento de Cuba como miembro de la comunidad internacional» (Marquez Sterling, op.cit., 220).

Como respuesta, Root reiteró que la Enmienda fue elaborada con un sentido favorable a Cuba y respeto por su independencia y al respecto leyó una comunicación de supuesto autor, el senador Platt, en el que este aseguraba que aquel texto fue redactado «cuidadosamente con el propósito de evitar todo posible pensamiento de que al aceptarla la Convención Cubana produciría el establecimiento de un protectorado o ‘soberanía’» (Martínez Ortiz, I, 297). Pero, como observó Foner, «Platt no mencionaba el hecho de que una gran parte de sus colegas en el Congreso interpretó la medida como una violación de la soberanía de Cuba y el establecimiento de un protectorado norteamericano en la Isla» (Foner, 301)

Root también insistió en que el controvertido artículo tercero de la Enmienda —por el cual «Cuba consiente que los Estados Unidos puedan ejercer el derecho de intervenir para la preservación de la independencia y el sostenimiento de un gobierno adecuado a la protección de la vida, la propiedad y la libertad individual»— solo sería de aplicación en el caso de anarquía o de amenaza extranjera.

Todas aquellas aclaraciones y promesas resultaron luego puro cuento, pues en la vida real la Enmienda resultó tal y como lo había previsto Juan Gualberto Gómez en su impresionante y analíticamente irrebatible voto particular, —sin duda uno de los documentos más trascendentales de la historia de Cuba. Y como es sabido, la Enmienda fue aprobada.

Alguien estaba ausente

Dieciséis votos estuvieron a su favor, casi todos determinados por la trágica disyuntiva que en un brutal ultimátum planteó el interventor Leonardo Wood: se aceptaba o las tropas norteamericanas de ocupación no se retirarían de Cuba —de donde la aspiración a establecer la república quedaba relegada a un futuro tan dudoso como lejano e indefinido. Sanguily —su patriótica gallardía diluyéndose en tan dramática como dolorosa amargura y tratando de preservar por lo menos lo salvable— estuvo entre esos votantes.

Once votos se manifestaron en contra, el de Juan Gualberto desde luego, pero también otros diez —entre ellos, con resonancias que aun nos estremecen de emoción, el de la voz y los gestos desafiantes del irreductible Salvador Cisneros Betancourt.

Está claro, por supuesto, cuánto influyó en aquel proceso la ausencia del caído en Dos Ríos.

La forzada aceptación de la Enmienda Platt —no solo añadida al texto constitucional sino poco después incorporada textualmente a un Tratado Permanente entre Cuba y los Estados Unidos (1903) significó la derrota de los que —allá y aquí— impulsaban el movimiento anexionista. Pero, al mismo tiempo, implicó la mediatización de la independencia con la imposición del protectorado. Como apuntó Leland Jenks —quien mientras investigaba aquel proceso tuvo también oportunidad de vivirlo en sus consecuencias— ninguno de aquellos conceptos tranquilizadores de Root se comprobó y «a los pocos años Cuba había llegado a ser, en realidad, un protectorado de los Estados Unidos» (Jenks: 102).

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