Quintín Bandera Betancourt Cuatro veces héroe

En el centenario de la muerte del inolvidable general santiaguero

Por: JORGE ALFONSO
historia@bohemia.co.cu

(15 de agosto de 2006)

quintin_banderasLa fría y lluviosa mañana del primero de diciembre de 1868, ya en pie de guerra Oriente después del grito de independencia en el ingenio Demajagua, un grupo de bisoños mambises, bajo las órdenes del coronel José de Jesús Pérez, se aprestaba a atacar el poblado de El Cobre, en las proximidades de Santiago de Cuba.

Muy cerca, en la finca Manaca, un negro de baja estatura y fuerte complexión física, a la par que realizaba las habituales faenas agrícolas, no perdía detalles sobre los extraños movimientos militares a su alrededor y, casi de inmediato, decidió incorporarse a las filas del naciente Ejército Libertador.

Había nacido en 1833, en el hogar fundado por sus padres, José Sabás Bandera y María de la Caridad Betancourt, negros libres, en la calle Rastro número 6 entre San Antonio y San Ricardo, muy cerca del barrio de Los Hoyos.

De carácter díscolo, indomable y osado, solo cursó par de grados en la enseñanza primaria, abandonó la humilde casa y se enroló en el vapor Gonzalo, perteneciente a la Trasatlántica Española. Cuando el carguero tocó los muelles de Santander, el chiquillo, de 11 años de edad, se escapó y comenzó a vagar por la ciudad portuaria.

Aprovechó, tiempo más tarde, la estancia en el propio puerto de la fragata Ignacita, a la que se integró con la autorización del capitán Juan Rabala.

Por fin, un buen día de 1847, los padres conocieron su paradero y establecieron la reclamación legal del menor de edad. Semanas más tarde regresó a tierra cubana en el bergantín Pilar.

Transcurrido un corto tiempo de estancia en Santiago de Cuba, exactamente el 2 de mayo de 1850, mostró las primeras inquietudes contra la dominación colonial y se involucró en actividades conspirativas junto a los coterráneos Hilario y Manuel Cisneros, José Valiente, Francisco Oberto, Pedro Santacilla, Cayetano Hechavarría y Francisco de Paula Bravo, comandante retirado de las milicias venezolanas.

En la Guerra Grande

Incorporado a la tropa del coronel José de Jesús Pérez, participó como riflero en el ataque a El Cobre, donde, por su valentía, el jefe de la compañía, el capitán Lino Sánchez, lo ascendió a cabo. En muy corto tiempo, Quintín intervino en numerosas acciones, entre ellas, cuando formó parte del pelotón que acudió a la península El Ramón (16 de mayo de 1869), cerca de la bahía de Nipe, para recibir a los expedicionarios del vapor Perrit, comandados por el general estadounidense Thomas Jordan.

Tres días después combatió en Canalita contra las fuerzas del general Manuel Buceta y Villas; además participó en las batallas de la Cuaba y Las Calabazas, así como en Tabares, Sevilla, Yayabo, Hongolosongo, Estero de Morón y Cambute, acción en la que recibió los grados de sargento.

El ascenso a teniente lo obtuvo bajo las órdenes de Calixto García, en 1874, y con él tomó parte en los ataques a Samá, Copeyal, Santa María, Chaparra, Holguín, Cabezadas de Camazán y El Zarzal. También dio pruebas de valor temerario en Manzanillo, Santa Rita y Melones.

Como capitán marchó al frente de una de las compañías del contingente invasor que partió hacia Las Villas, en mayo de 1875, encabezada por el general Manuel de J. Tita Calvar.

En las gloriosas campañas de 1877, bajo el mando de Máximo Gómez, combatió en el cafetal González, Breguetudo y otras contiendas para recibir los grados de comandante. De regreso con Gómez, mientras éste atacaba Ciego de Ávila, llevó a cabo operaciones similares en Morón y Punta Alegre.

En ocasión de producirse la Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878, estuvo con Antonio Maceo como miembro del Estado Mayor y en tal condición actuó de Jefe de Día en la custodia del campamento mambí.

Pasado algún tiempo, el Gobierno Provisional de Oriente, constituido después de la histórica Protesta, e integrado por Fernando Figueredo, Pablo Beola, Manuel de J. Calviar y Leonardo del Mármol, premió su valentía y lealtad a la Revolución con el ascenso a teniente coronel.

Terminada la contienda bélica, reunió en Jibacoa a más de cien familias, estableció un caserío (Kilolo) y trabajó con su gente hasta recibir un mensaje urgente desde Santiago de Cuba, firmado por el jefe y amigo Guillermón Moncada, en el que se le orientaba reiniciar la guerra.

Finalizada la lucha y reintegrados a sus hogares los hombres que combatieron en la manigua, el Pacto del Zanjón llevaba implícita una compensación material que muchos, como Antonio Maceo y Máximo Gómez rechazaron, pero que, al tratarse de un acuerdo firmado por las partes concertantes, podían aceptar los mambises.

Quintín ostentaba el grado de teniente coronel y carecía por completo de recursos. Como hombre de bien ganados méritos militares y por su demostrada valentía, lo cual, unido a la posibilidad de ejercer especial influencia sobre los hermanos de lucha, hizo que el general español Francisco Ochande le ofreciera, a manera de "graciosa" regalía la respetable suma de tres mil pesos. Sin concluir el oficial la oferta, Quintín la rechazó indignado y le espetó en pleno rostro: "Ahora me entrego, pero nunca me venderé".

Nunca las engañosas bases propuestas por las autoridades españolas en el Pacto del Zanjón pudieron liquidar el fermento de inconformidad y rebeldía que animó por espacio de una década a los patriotas del 68. De ahí que en agosto de 1879, los cubanos volvieran al combate en la llamada Guerra Chiquita, en la que Quintín fue destacado protagonista. Pero la falta de unidad y organización de los cubanos impidieron esta vez el triunfo.

En la Guerra Necesaria

Quintín Bandera, tanto en el destierro como en suelo patrio, nunca olvidó sus obligaciones de buen cubano. Mientras José Martí, Gómez y Maceo trabajaban e insistían en una sola idea: "Unir en igualdad de derechos y deberes a todos los miembros de la familia cubana", nuestro hombre, a la edad de 62 años, aparece nuevamente entre los primeros en responder al llamado del 24 de febrero de 1895.

Entonces, realizó varias operaciones por su cuenta en las inmediaciones de Santiago de Cuba, hasta que a finales de abril se encontró con Antonio Maceo y marchó a Holguín. Cuando el 22 de octubre partió la columna invasora desde los inolvidables Mangos de Baraguá, llevaba al frente de la infantería a su principal arma, el inigualable Quintín.

Resulta imposible seguir su trayectoria durante la gloriosa campaña. Peleaba de trocha en trocha, lo mismo cuerpo a cuerpo que acero contra acero, frente a los tercios enemigos. Así fue él, mambí en toda la extensión de la palabra y la sola mención de su nombre aterraba a las huestes españolas.

La Guerrita de Agosto

Al concluir la Guerra de Independencia, debido a la oportunista intervención de las tropas estadounidenses en 1898, el valiente guerrero, ahora con los grados de general, igual que muchos soldados insurrectos se radicó en la capital cubana y formó familia. El 27 de junio de 1901, con 68 años de edad, contrajo nupcias con la joven Virginia Zuaznábar y de dicha unión nacieron cinco hijos.

La tragedia económica vivida a partir de ese momento resultó la misma que compartieron muchos de los restantes libertadores y todo el pueblo de Cuba. Fue una crisis generalizada, provocadora del descontento aprovechado por los politiqueros de turno para iniciar una insurrección, conocida luego como "la guerrita de agosto".

Apremiado por la falta del necesario pan, Quintín solo pensaba en obtener algún trabajo que le permitiera mantener a los suyos y ahí chocó con la triste realidad vivida en la nación. Los puestos en el Gobierno constituían un preciado botín en manos de los oportunistas de turno. Tras largos meses de insólito peregrinar consiguió una plaza como "capataz de la basura", pero en corto tiempo lo cesantearon y jamás logró la reposición.

La miseria lo abatía y, luego de innumerables gestiones, pudo conversar con el presidente Tomás Estrada Palma. Lo único que obtuvo de éste resultó la bochornosa limosna de cinco pesos. Con ingénita rudeza se los devolvió al mandatario y salió indignado del Palacio Presidencial.

Enterados del incidente, los propietarios de la firma jabonera Sabatés, con fines propagandísticos, dieron la orden de entregarle cinco pesos cada vez que el general Quintín Bandera lo solicitara. Por otra parte, la casa Crusellas, entidad rival, decidió emplearlo como vendedor ambulante y para miles de habaneros muy pronto se hizo familiar ver al fornido moreno tocar de puerta en puerta ataviado con el uniforme que llevaba en las solapas las insignias de general de división.

Acudió a Tomás Estrada Palma y sólo obtuvo una bochornosa limosna. Con ingénita rudeza se los devolvió al mandatario y salió indignado del Palacio Presidencial.

Ante esa situación, la firma jabonera Sabatés, con fines propagandísticos, dio la orden de que cada vez que el general Quintín Bandera lo solicitara, le entregaran cinco pesos. La casa Crusellas, entidad rival, decidió emplearlo como vendedor ambulante y para miles de habaneros se hizo habitual ver por las calles, tocando de puerta en puerta, al fornido moreno, quien llevaba relucientes en las solapas las estrellas de general de división.

Ese resultó el argumento de algunos para aprovecharse de la crisis generalizada y lograr persuadirlo de participar en el citado alzamiento de agosto, bajo el pretexto de que una nueva república plasmaría sus viejos ideales de igualdad y fraternidad.

Pero mientras la república fue pródiga en bienes y remuneraciones para todos los organizadores de la revuelta, para el valiente Quintín Bandera solo quedaron las andanadas de plomos fraticidas que destrozaron su carne y le arrancaron la vida el 23 de agosto de 1906, en las proximidades de la laguna Ariguanabo, en el poblado de Bauta.

Aun no bastaba con la muerte

quintin_entierroEn el atardecer del 24 de agosto, dentro del sarcófago desnudo, un destartalado carruaje de vender carbón trasladó sus restos hasta el Cementerio de Colón. Las únicas acompañantes fueron la viuda Virginia y una amiga.

De acuerdo con los relatos de la época, el presidente Estrada Palma personalmente ordenó que lo enterraran en una fosa común, sin dejar la más simple señal. Dada esa abusiva situación, las dolientes solicitaron la ayuda del padre Felipe Augusto Caballero, capellán de la necrópolis, quien les recomendó que volvieran a verlo al siguiente día.

Cuando llegaron al camposanto, el honorable clérigo Caballero las condujo al mismo sitio, en la zona destinada a los pobres, donde descansaban los restos del mambí. Sobre el camellón de la recién cubierta fosa aparecía una tosca cruz y un ramo de flores. Con claras letras se leía una inscripción: "Aquí yace Felipe Augusto Caballero, fallecido el 23 de agosto de 1906".

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