Por Rolando Rodríguez

(Tomado de la revista Calibán)

Martínez Campos [1] sabía que en el Zanjón había ganado una complicada batalla, pero todavía no la guerra, y no podía vender la piel del león antes de quitársela.

martinez_camposCon el Pacto del Zanjón, el general Arsenio Martínez Campos sabía que tenía muchos triunfos en la mano, pero no todos. A diferencia de Camagüey y Las Villas, en la región meridional de Oriente el general Antonio Maceo podía probar que la mejor vacuna para las veleidades capitulacionistas consistía en la lucha misma. A lo largo de enero y febrero de 1878, serios golpes a las tropas colonialistas habían sido descorazonadores para los anhelos de El Pacificador, de acabar aquella guerra y volver a Madrid en loor de triunfo. Como él mismo reconocía, el general cubano hacía "esfuerzos sobrehumanos por levantar el espíritu, reuniendo hasta su último soldado y atacando con una energía y un acierto" que calificaba, desde luego, de digno de mejores causas.

De esa forma, aceptó poner alfombras a las gestiones prohijadas por el Comité del Centro de enviar comisiones hacia las localidades que no habían capitulado, para informar del pacto y se aviniesen a la paz. Una de estas, integrada por el brigadier Rafael Rodríguez y el comandante Enrique Collazo, marchó a Oriente para imponer a Maceo de los acuerdos del Zanjón. Máximo Gómez partió con ellos, para despedirse de sus antiguos compañeros. El 18 de febrero, bajo una mata de mameyes, en Asientos de Pilotos, se entrevistaron con Maceo.

Hasta poco antes, el Titán solo había tenido indicios de los sucesos ocurridos en Camagüey, pero no podía creer que fueran ciertos. Su fina percepción del pensamiento del enemigo le hacía comprender con total certeza que si Martínez Campos se había avenido a firmar algún acuerdo de paz, se debía a que el general español estaba persuadido de que nunca vencería a los mambises "por la vía de las armas".[2] Le resultaba incomprensible que los jefes insurrectos no lo hubiesen captado. Solo una misiva de Gómez, recibida horas antes, en la cual solicitaba la entrevistarse lo había persuadido dolorosamente de la verdad.[3]

Los comisionados le explicaron los antecedentes de la situación: las trágicas consecuencias de la sedición de Santa Rita, los trajines pactistas de algunos cubanos enviados desde el campo español, la interpretación torcida de unas sugerencias de Máximo Gómez en Loma de Sevilla en relación con la petición de una tregua con vistas a reorganizarse, el estado desastroso de las fuerzas de Las Villas y Camagüey, y los demás pormenores hasta llegar al Zanjón. Maceo no lo evidenciaba; mas, en ese momento su espíritu sangraba. Como confesaría, la noticia de la paz del Zanjón le haría llorar de coraje y dolor.[4] A pesar de todo, aparentemente imperturbable, escuchó el relato mientras el fuego de su temple le abrasaba el espíritu.

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Maceo le trasmitió a Gómez su desacuerdo con el Pacto del Zanjón

A preguntas suyas, Gómez le respondió que creía perdida la guerra de Las Tunas a Las Villas. Por eso, había decidido salir del país, pero no quería dar el paso sin antes comunicarle los hechos y valorara la situación. Maceo afirmó que no estaba de acuerdo con el pacto, porque resultaba poco ventajoso y no traería la independencia. No obstante, agregó que reuniría a los mandos de sus tropas para someterles la situación y escrutar sus juicios. Entonces le precisó al dominicano, que solicitaría una entrevista con Martínez Campos para acordar un cese provisional de hostilidades con el fin de reorganizarse. Gómez aseveraría más tarde que percibió la intención que se escondía detrás de las palabras de Maceo: aprovechar la oportunidad para propinarle un duro golpe a los colonialistas. Por eso, le recomendó que procurara que el cese fuera largo, de manera que tuviese tiempo para todo, pues le aseguró que "con tiempo y lugar, cuantas cosas se pueden hacer". Todavía el general santiaguero, esta vez con evidente emoción, como lo haría a un hermano mayor, le comentó a Gómez que no era posible que lo fuese a dejar solo en el campo de batalla.

Según Fernando Figueredo, en esos instantes Gómez y Maceo no conocían que a corta distancia se estaba desarrollando otra entrevista. Dos comisionados del general Vicente García habían llegado al lugar de la cita y se reunieron con el coronel Félix Figueredo. Trasmitieron la solicitud del general García, de que Maceo ahorcara a Gómez y los comisionados del Centro. El tunero estaba dispuesto a cargar con la responsabilidad. Ecuánime, Figueredo inquirió si traían la orden por escrito, y recibió una respuesta negativa. Félix Figueredo aseveró entonces que gran culpa de los sucesos acontecidos la tenía el propio García, por haber querido tomar las riendas del gobierno, en carácter de Presidente, sin salir de Las Tunas. Y, dirigiéndose a los dos oficiales, añadió que "no será Figueredo quien aconseje al general Maceo que cumpla el encargo del general Vicente García, mandando a fusilar a Gómez, Rodríguez y Collazo, sin que se haya atrevido a pedirlo por escrito, y mucho menos después que ha visto que no hubo quien fusilara a él en Las Lagunas de Varona, o cuando desobedeció la orden de pasar la Trocha, como se lo había prevenido el Gobierno de don Tomás Estrada, para correr a pronunciarse dando el programa de la reforma".[6]

Más adelante Vicente García acusaría al general Gómez de ser uno de los principales causantes del Zanjón. Pero habría que preguntarse si con estos descargos no trataba de acallar su propia responsabilidad en los hechos. En carta de Gómez a Maceo, pocos días después, este le diría que por lo que había podido entender en Camagüey el general tunero había estado de acuerdo "con todo".[7] No mucho después Máximo Gómez se despidió de la familia del general Antonio y marchó del lugar. Al cabo de unos días saldría del país. En cuanto a los dos comisionados, Collazo y Rodríguez, informarían sobre la entrevista al jefe de estado mayor español, Luis de Prendergast, que Maceo no estaba de acuerdo con los "preliminares estipulados por el Comité del Centro", al cual desconocía, y pediría una reunión con Martínez Campos. También solicitaron para él una constitución española y las reformas implantadas en Puerto Rico, pues Maceo deseaba examinarlas.[8]

Al quedar solo, el general Maceo determinó su conducta: uniría todas las fuerzas todavía en lucha y opuestas a capitular y se reuniría con el general segoviano para conocer qué precio resultaba capaz de pagar sobre los pobres resultados del Zanjón con vistas a llegar a la paz, y, por igual, hasta dónde llegaban sus facultades negociadoras.[9]

El 21 de febrero, en respuesta a una misiva que el 10 de febrero le había cursado Vicente García para asegurar que no aceptaba el Pacto, Maceo le comunicó que estaba en disposición de continuar la guerra. Era del temple de los irreconciliables con la derrota, el mismo de Céspedes y Agramonte. Sabía que ahora los españoles podrían concitar contra él y quienes más siguieran en la pelea un alud de tropas que los embestiría sin tregua y, sin embargo, impertérrito, no vacilaba.

Aquel mismo 21 le escribió a Martínez Campos que "Oriente y Tunas" no estaban de acuerdo con las resoluciones tomadas por el Comité del Centro, y a la vez le pedía una suspensión de hostilidades de cuatro meses "para consultar las voluntades de todos los distritos" que componían "el departamento". Después de exponerle que todos sus compañeros deseaban la independencia absoluta y la posibilidad de prolongar de manera indefinida la guerra, solicitaba una conferencia con el jefe hispano, que no sería "para acordar nada", sino para conocer los "beneficios que reportaría a los intereses de nuestra Patria hacer la paz sin independencia".[10]

El astuto militar y político español no cayó en la trampa. Demasiado bien comprendía qué podía significar un plazo tan largo. Por si fuera poco, gracias a una comunicación dirigida al general Modesto Díaz, que al capitular entregaría su correspondencia, se enteraría de los verdaderos propósitos de Maceo.[11] De manera que, el 24 de febrero, después de excusarse por no haberle contestado antes ya que deseaba primero hablar con Vicente García -lo hizo el día anterior mediante una conferencia telegráfica-[12] le respondió que el cese no podía ser tan extenso, pero aceptó acudir a una entrevista.[13] A Jovellar, Martínez Campos le escribió: "Maceo pide imposibles: yo no amplio en lo más mínimo las bases (...) Maceo pide entrevista conmigo, y como del 6 al 8 estaré en Cuba y le veré: como mulato, es de una vanidad extrema, y desea hablarme directamente...".[14] Al mismo tiempo, el general en jefe español comenzó a enviar batallones a Oriente. Maceo podía finalmente ceder, pero si no lo hacía trataría de doblegarlo militarmente y también con el empleo de dinero.[15]

Aquel rechazo del Zanjón se volvía la continuación de la guerra y en Maceo esto constituyó una observación de largo alcance, de carácter político y militar. Sabía las colosales dificultades que plantearía a los mambises la prosecución de la contienda, pero también sería así para España, y en la misiva enviada al general en jefe español quedaba sustentado de forma transparente un pensamiento estratégico: la capacidad de sostener una guerra indefinida, que podía llevar, más tarde o más temprano, al agotamiento de su adversario. Martínez Campos lo sabía tanto como él.

Evidentemente valoraba que, en todo caso, ante esa alternativa, el general hispano podría continuar haciendo concesiones. Una de ellas, la liquidación de la esclavitud. Mas si nada se lograba, en sí misma quedaba la virtud de esa lucha prolongada hasta la extenuación que de todas formas desembocaría, más tarde o más temprano, en la separación de España.

En los cálculos de Maceo entraba que, para sus propósitos, podría contar con las fuerzas de Oriente meridional; Bayamo, que todavía no había capitulado formalmente; Las Tunas, y una parte de Camagüey, que aún no se creía rendida. Posiblemente, también habría fuerzas en Las Villas que seguían en la pelea. Además, la lucha podría lograr que se reanimaran las fibras del decoro de los capitulados, los sorprendidos volvieran al campo de batalla y unificaría a los dispersos. De otra parte, el crédito de Martínez Campos podría quedar agotado, y de dónde sacaría España otro general con igual prestigio y 100 000 hombres más, y de dónde se proveería de los 100 millones de pesos adicionales que necesitaría para proseguir la lucha. En apoyo de que estas ideas podían ser válidas vienen algunos párrafos de una carta que, el 19 de marzo, Martínez Campos escribiría a Antonio Cánovas del Castillo, presidente del consejo de ministros español: "Esta guerra no puede llamarse tal, es una caza en un clima mortífero para nosotros, en un terreno que nos es igual al desierto; nosotros sólo por excepción encontramos comida, perjudicial; ellos hijos del país comen lo suficiente donde nosotros no sabemos ni encontrar un boniato; se han acostumbrado a la vida salvaje, van desnudos o casi desnudos, tienen la fuerza y el sentido de las fieras atacando o huyendo cuando menos se piensa (...) El estado del tesoro es muy grave: pronto no será ya el atraso de pagar, me contentaré con que haya para provisiones, hospitales y vestuarios; si es que el tesoro de la península no viene en nuestra ayuda".[16]

A todas estas, el general santiaguero se multiplicaba, se movía rápidamente y enviaba mensajes a los jefes que se creía se mantenían sobre las armas y trataba de reagrupar a todos los que habían rechazado la capitulación. Por su parte, Martínez Campos, indudablemente en medio de una agonía por la posibilidad de que el triunfo total se le fuera de las manos, mantenía junto con varios de sus auxiliares conversaciones con Vicente García, quien le daba largas sin entregar sus armas en espera del desarrollo de los acontecimientos. Martínez Campos y sus subordinados se ilusionaban con que finalmente García aceptaría de una vez las bases del Zanjón, y para tratar de definir la situación le pidió una entrevista. El 11 de marzo conferenciaron en Cauto el Paso. El generalísimo español intentó convencer a García de que para los mambises todo estaba perdido. Con ese fin, le había estado enviando los partes de las fuerzas que iban capitulando. Pero de nuevo el general mambí, aunque adujo que estaba por aceptar la paz del Zanjón, manifestó que se había comprometido a esperar hasta el día 14 en que recibiría la opinión de otros jefes orientales en relación con la actitud a adoptar. Mas, una vez cumplido el compromiso, fuese cual fuese la opinión de aquellos, aceptaría los artículos de la capitulación.[17] Según Vicente García, esta postura escondía en realidad su propósito de ganar tiempo para reorganizar sus tropas; mas, también, como anotaría, con el fin de quedar a resultas de lo que por fin hicieran Maceo y otros jefes de Oriente.[18] Martínez Campos, no obstante sentirse animado a creerlo, le previno que si no recibía una respuesta positiva rompería el fuego en Las Tunas el 19.[19]

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