Por PEDRO ANTONIO GARCÍA

Fotos: Archivo de BOHEMIA

(tomado de Revista Bohemia 7 de diciembre de 2009)

El 18 de marzo de 1923, la sede de la antigua Academia de Ciencias se hallaba atestada de público. El Club Femenino de Cuba había preparado un homenaje a la hoy olvidada escritora uruguaya Paulina Luissi. Los organizadores del agasajo aseguraron la asistencia del secretario de Justicia del corrupto Gobierno de Alfredo Zayas, Erasmo Regüeiferos, quien blasonaba de la autoría de una pieza teatral, El sacrificio.

El ministro figuraba como orador principal del acto. Cuando la maestra de ceremonias anunció su turno, Regüeiferos marchó lentamente hacia la tribuna. Quince jóvenes se pusieron igualmente de pie y avanzaron hacia el centro del salón. El politiquero venal, dicen, exhibió una sonrisa de beatitud, tal vez pensando que los jóvenes iban a aclamarlo. A uno de estos, el periódico Heraldo de Cuba lo describiría al día siguiente como “un muchacho rubio, delgado, escueto, de ojos claros y agudos”, habló en nombre del grupo: “Perdonen la presidencia y la distinguida concurrencia que aquí se halla que un grupo de jóvenes cubanos, amantes de estas nobles fiestas de la intelectualidad, y que hemos concurrido a ella atraídos por los prestigios de la noble escritora a quien se ofrenda este acto, perdonen todos que nos retiremos. En este acto interviene el doctor Erasmo Regüeiferos, que olvidando su pasado y su actuación, sin advertir el grave daño que causaría su gesto, ha firmado un decreto ilícito que encubre un negocio repelente y torpe”.

“La concurrencia se estremeció”, escribió el colega que reportaba el acto para el Heraldo de Cuba. Cuentan que Regüeiferos dejó caer sus brazos, como un boxeador incapaz de resistir el tren de pelea. El embajador uruguayo, muy diplomático, simuló interesarse en la lectura del programa. La maestra de ceremonias, desconsolada, estaba a punto de echarse a llorar. El muchacho rubio y delgado, implacable, prosiguió: “Perdónenos el señor ministro de Uruguay y su señora esposa. Perdónenos la ilustre escritora a quien con tanta justicia se tributa este homenaje.

Protestamos contra el funcionario tachado por la opinión, y que ha preferido rendir una alta prueba de adhesión al amigo antes que defender los intereses nacionales. Sentimos mucho que el señor Regüeiferos se encuentre aquí. Por eso nos vemos obligados a protestar y retirarnos”.

Los jóvenes abandonaron el salón. Regüeiferos, como un autómata, lento, grave, se posesionó de la tribuna. Pocos atendieron y casi nadie entendió su discurso. Entretanto, los 15 “protestantes” se dirigieron a la redacción del Heraldo… y entregaron un manifiesto, que luego la historia denominaría la Protesta de los Trece, pues uno de ellos se negó a suscribirlo y al otro, en su condición de emigrado español, le aconsejaron no firmarlo para no ser deportado.

El Gobierno no se cruzó de brazos. Se encausó a “los jóvenes protestantes” por el delito de rebelión, pero un juez inteligente convenció a Regüeiferos de modificar la acusación y se dictó el auto de procesamiento por “delito de injurias”. La lista de los procesados la encabezaba el nombre del muchacho rubio y delgado:Rubén Martínez Villena.

La profecía del Generalísimo

260px-Casa_de_VillenaHijo de Luciano Martínez, profesor de Instrucción Pública, y de Dolores Villena, mujer de pequeña estatura, de gran belleza y gustos refinados, Rubén nació el 20 de diciembre de 1899 en una casa marcada con el número 68 de la calle que hoy lleva el nombre de Máximo Gómez en el poblado de Alquízar, provincia de La Habana. Cuenta la tradición que en un viaje de la familia a la capital se encontraron con Máximo Gómez en el tren. Al Generalísimo le llamaron la atención los grandes ojos verdes del pequeño niño y le dijo al padre: “Cuide usted mucho a este niño que tiene una mirada inteligente”. Y volviéndose al bebito, exclamó: “Tu vida tendrá luz plena de mediodía”.

La familia de Rubén se trasladó a la ciudad de La Habana en 1905. Residieron en Guanabacoa, primero, y en una casa de la calle Falgueras, en el Cerro, cerca del parque de Tulipán. Cursó la primaria en una escuela pública y con solo 13 años ingresó en el Instituto de La Habana, donde se graduó de bachiller en 1916. Al año siguiente, matriculó Derecho en la Universidad de La Habana. Se recibió de abogado en 1922.

El joven poeta

Su primer artículo en prosa, Luis Padró, en homenaje a quien fuera su maestro, apareció en la revista Evolución, en julio de 1917. A partir de 1920, las publicaciones habaneras comenzaron a incluir sus poemas. Esta fue la época en que, como afirmaba su amigo y biógrafo Raúl Roa García, “cristaliza en arrebatados sonetos su fogoso patriotismo”. Ejemplo de ello son Rescate de Sanguily, Mal Tiempo, San Pedro, todos escritos en 1919. Su reacción contra el modernismo algo trasnochado que imperaba en la lírica nacional lo llevó a buscar, citemos nuevamente a Roa García, “su propio medio expresivo y su personal rumbo lírico”. Una pieza característica de aquellos días es Canción al sainete póstumo (1922). También hizo incursiones en la prosa y la revista Chic publicó, en diciembre de 1922, su primer cuento, En automóvil.

El año 1923 marca importantes hitos en su obra poética. Logró piezas antológicas, entre ellas La pupila insomne y El gigante.

Intuye, ante su debilidad física y sus afecciones pulmonares, que luego degenerarían en una enfermedad incurable, una muerte joven: Estas alas tan cortas y estas nubes tan altas./ Y estas alas queriendo conquistar esas nubes (El anhelo inútil, 1923). Del mismo modo se aprecia ya su preocupación por lo social en Mensaje lírico civil, “una franca incitación a la lucha armada”, al decir de Roa: Hace falta una carga para matar bribones,/ para acabar la obra de las Revoluciones,/ para vengar los muertos que padecen ultraje,/ para limpiar la costra tenaz del coloniaje.

Mella, Rubén y Machado

La prensa reflejó la detención de Rubén cuando la Protesta de los Trece

Después de la Protesta de los Trece, afirma Roa, “ganado ya para la agitación y la lucha”, Rubén fundaba con un grupo de jóvenes intelectuales, en abril de 1923, la Falange de Acción Cubana, de vida efímera. Se involucró con el Movimiento de Veteranos y Patriotas, que minado por el oportunismo, se diluyó en traiciones.

Pero no todo era frustración. Conoció a Pablo de la Torriente Brau (en abril) y a Julio Antonio Mella (en noviembre). Participó con este último en la fundación de la Universidad Popular José Martí, donde impartió clases y se desempeñó como secretario de la institución.

El 20 de mayo de 1925 Gerardo Machado asumió la presidencia de la República neocolonial. El nuevo mandatario ilegalizó el Partido Comunista y la Federación Estudiantil Universitaria. Derogó las conquistas de la Reforma Universitaria. Ordenó el asesinato de sus opositores de todas las tendencias, desde el derechista Armando André, hasta el anarcosindicalista Enrique Varona y el marxista Tomas Grant.

A Julio Antonio Mella lo expulsó de la Universidad y lo encarceló sin pruebas, bajo la acusación de terrorista. Ante tal arbitrariedad, el joven dirigente se declaró en huelga de hambre. A interceder por él ante el mismísimo Machado fueron el periodista Muñiz Vergara, conocido por su seudónimo de Capitán Nemo, y Rubén. El sátrapa justificó su proceder: “Y a mí no me van a poner rabos los estudiantes, ni los obreros, ni los veteranos, ni los patriotas, ni Mella. Y a Mella yo lo mato, carajo, lo mato”.

Entre espumarajos de rabia, la escolta introdujo en un auto al tirano, a quien el ruido del motor no le dejó oír las últimas frases del indignado Rubén: “No es más que un bárbaro, un animal, un salvaje… una bestia”. Tiempo después, al relatar el encuentro a Fernando Ortiz y Pablo de la Torriente Brau, Martínez Villena concluiría: “Es un salvaje, un animal, una bestia..., un asno con garras”. Con ese sobrenombre trascendió Machado a la posteridad.

El dirigente obrero y comunista

Una muchedumbre emocionada lo despidió mientras entonaba la Internacional

Rubén ingresó al primer Partido Comunista de Cuba en 1927. Como asesor legal (abogado) de la Confederación Nacional Obrera de Cuba (CNOC), se convirtió en su líder natural, aunque nunca asumió su secretaría general. En el Partido, igualmente, devino el máximo dirigente, pero no ostentó cargo oficial alguno, salvo integrante del Comité Central.

El tirano Machado había dicho que una huelga no le duraría más de 15 minutos; sin embargo, el 20 de marzo de 1930 Rubén dirigió una huelga que paralizó el país por más de 24 horas. Años más tarde, en agosto de 1933, una huelga iniciada de forma espontánea, que se hizo nacional gracias a las orientaciones y a la dirección de Martínez Villena, prácticamente al frente de la CNOC y el primer Partido Comunista de Cuba, obligó a huir del país al sátrapa.

Enfermo de muerte, desde su lecho del hospital adonde su amigo y médico, el doctor Gustavo Aldereguía, lo había internado, Rubén participó activamente en los proyectos para el IV Congreso Nacional Obrero de Unidad Sindical. Cuando unos compañeros fueron al sanatorio a darle la noticia de la nutridísima participación de delegados y de la exitosa inauguración del evento proletario, cuentan que exclamó: “Si es así, ya me puedo morir, porque me siento feliz”. Dicen que una marejada de estandartes rojos cubrió las calles en el desfile del entierro, mientras una muchedumbre emocionada entonaba La Internacional.

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Fuentes consultadas
Los libros Rubén Martínez Villena, de Ana Núñez Machín; La revolución del 33, Tomo I, de Lionel Soto; y La pupila insomne, antología poética de Rubén Martínez Villena, con prólogo de Raúl Roa García. Los textos periodísticos El magnetismo personal de Rubén (Ahora, 17 de enero de 1934) y Mella, Rubén y Machado (Ahora, enero de 1935). Testimonios recogidos por el autor a José Zacarías Tallet y Juan Marinello.

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